
Mi deseo lo doné a una ONG del desierto cuyos habitantes tienen poderosos ojos negros, que se balancean en columpios de arena mientras fijan la mirada en olores de mar, en espuma de estrellas, en reflejos de deseada vida más allá de la inmensidad, donde todo pierde fuerza por insignificante.
Ojos negros repletos de respuestas, que se deslizan como depredadoras panteras hambrientas de colores, de paisajes, de vívidos rincones desprovistos de velos, desnudos de secretos.
Ojos negros que huyen de la desoladora cotidianeidad, empujados por la fuerza del viento, en veleros de sueños buscando el poderoso amarre de un oasis donde poder plantar su palmera, donde poder buscar la deseada perla que esconde un furioso y denso mar de responsabilidades.
Ojos negros embebidos en agridulces melancolías, que alargan el azul, para deshacer nubes y construir espacios, apeaderos de paz donde descansar la mirada.
Ojos negros, que la complicidad tornó verdes y se asustaron renegando de su color, volviéndolos a teñir de la negrura del NO con dolorosas inyecciones de puntos suspensivos.
Ojos negros dañados por el peor de los tormentos: la irracional soledad de quienes renuncian racionalmente a un sueño.
Dono todo mi patrimonio, mi reino y la poderosa fuerza de mis deseosa quien sea capaz de tomar mi testigo sin distinción de sexo, raza o procedencia y colme de amor y paz a mi sueño.
La Faraona.