En las yermas planicies de Tingri hace frío incluso en verano. Se congelan los huesos y hasta los pensamientos, y
a menudo sólo queda un dolorido sentir y un insólito aguardar. Aquí parece que no hay mucho que hacer, salvo esperar sin saber a qué. Dorje, en cuclillas en medio de la nada, observa a lo lejos la imponente blancura de la cordillera sin dejar de tallar la ramita de cerezo con su navaja. Hoy no irá a pastorear: tiene que irse. Nima se quemó ayer mientras hacía la comida y no se encuentra bien: esas ampollas que se le están levantando en el brazo tienen mal aspecto, y en su estado... Dorje las ha visto antes y sabe que su esposa necesita medicinas. Las que les dieron los médicos italianos que les visitaron el verano pasado se acabaron hace tiempo. Tendrá que ir a buscarlas a Tingri, y rezar por que algún montañero extranjero lleve encima un buen botiquín. Luego... quién sabe. Tal vez el próximo verano no desciendan a los valles del Tsangpo. Los soldados de la base china apenas han dejado animales ni pastos allí.
Dorje acaba de pulir la pequeña pieza de madera moviendo con destreza su navaja. Levanta por última vez la vista hacia el sur y contempla la mole infinita del Chomolungma, y ruega a la diosa madre por su mujer y por el hijo que ella lleva dentro y por el clan. Y se desea montaña y hielo para resistir a lo que sabe con certeza por venir. Mira de nuevo hacia el suelo baldío y deposita en él la pequeña imagen que ha tallado: un niño mirando a la montaña. Con una mirada respetuosa se despide de la cima reina, coge las riendas del yak y se encamina hacia el
calor de la yurta.
calor de la yurta.En ese mismo instante, no muy lejos del campamento de Dorje y Nima, Ci Reng Wang Mu, una montañera tibetana nacida en Tingri, conduce la antorcha olímpica de Beijing 2008 a la cima del Chomolungma.
Notas.













