



Por Rubén García Cebollero
Esta tarde a las seis, en el Pub City Arms de Figueres, recitamos poesía. No lo hacemos porque Sant Jordi se aproxime. Los poetas nunca somos "Zafones" ni "Mendozas". Lo hacemos porque la poesía implica la capacidad de comprender a los demás. Tal vez por eso a mucha gente cuesta enfrentarse al poema.
Se me acumulan las lecturas y, por las veces que la salud lo impide, me voy a poner las pilas con 4 voces seguidas: Tomeo, Mendoza, Fernandez Mallo, y Benedetti. Cargadito que vengo.
Los amantes de silicona no es la mejor novela que he leído de Tomeo, pero en Tomeo siempre se encuentra algo que justifique la lectura. Como cuando dice de Ramón que le recuerda a ciertos intelectuales de este país aficionados a utilizar palabras que no entienden, o que las miradas que hoy son de fuego, mañana serán de ceniza. Y como follar no lo es todo, ni siquiera en el frívolo mundo de los muñecos hinchables, me quedo con 3 preguntas seguidas que formula Tomeo: ¿Por qué matamos lo que más queremos y, algunas veces, lo que más necesitamos? ¿Qué extraño instinto de autodestrucción es ése? ¿Cuáles son los misteriosos pecados que deseamos castigar en nosotros mismos?
Esperaba con ansia leer El asombroso viaje de Pomponio Flato, y la leí en el tren, como creo que debe ser, pues tampoco me parece de lo mejor que ha escrito Mendoza. Quizá parezca injusto despedazar el trabajo del escritor pero para comprender a los demás hay que ser sincero, con ellos y con uno mismo, y como escribe Mendoza: la Naturaleza no es justa ni la justicia es parte del orden natural. La novelita me ha entretenido, que no es poco, porque administra con sabiduría una estructura aderezada de guiños (Jesús, María, José y etcétera) sobre la trama detectivesca. Me quedo con: los hombres no deben llorar. ¿Sabes por qué? Porque es signo de debilidad o compasión y la debilidad invita al abuso o a la compasión, dos cosas dignas de ser evitadas.
Y llegó la Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo. O más de lo mismo pero tal vez algo peor. No diré que es una novela, sino un libro poético, un caleidoscopio de ecos, profundamente desestructurado. En resumidas cuentas: un mal poema en prosa. Sin embargo, siempre se puede rescatar un leve brillo de esperanza en todo naufragio. Dice Agustín que la vida es un anuncio de teletienda al que le han eliminado el producto anunciado. Pues Nocilla Experience es un libro lleno de literatura al que casi le eliminan la literatura. Aunque hay personas que se pierden en lugares que a nadie importan. Por mucho que se etiquete el experimento nocilla de narrativa transpoética (artefactos híbridos entre la ciencia y la literatura tradicional) mejor sería comparla con las películas decapitadas que cree serán la lectura del futuro. Como Agustín reconoce la teoría y la vida no tienen nada que ver. ¿Existe alguna excusa para leerla? Sí, el final de Annie Hall: en el arte siempre estamos procurando que las cosas salgan perfectas, porque en la vida real es muy difícil.
Por último, dejé el libro de los 4 que traigo que me reconcilió más con su totalidad, Vivir adrede, de Mario Benedetti. Aunque en la poesía última de Benedetti a instantes creo estar releyendo a Benedetti, o que se está repitiendo, o que me quedé en el roble, aquí he dicho, al margen de los cachivaches, chaupeau. Es una lectura de pinceladas, en la que la superficie por la que andamos tiene su lenguaje y nos va instruyendo. Una lectura donde cada palabra cuenta y en la que hay que amar al margen de cualquier costumbre, improvisadamente. El amor es más seguro cuando nos toma de sorpresa e incluso desorienta a la costumbre. El libro es una radiografía de un mundo en el que todo está destinado a que no creamos en nosotros mismos y menos aún en el prójimo indefenso. Y en él que nos toca sobrevivir adrede.
Así que esta tarde aún no sé qué voy a recitar en el Pub City Arms, en Figueres. Sólo sé que la capacidad de comprender a los demás subraya que la crítica no importa, que no siempre salen las cosas como esperamos, y aún así el placer de intentarlo, el esfuerzo y el riesgo justifican una nueva ocasión para airear la poesía.
¿Te animas?
Esperaba con ansia leer El asombroso viaje de Pomponio Flato, y la leí en el tren, como creo que debe ser, pues tampoco me parece de lo mejor que ha escrito Mendoza. Quizá parezca injusto despedazar el trabajo del escritor pero para comprender a los demás hay que ser sincero, con ellos y con uno mismo, y como escribe Mendoza: la Naturaleza no es justa ni la justicia es parte del orden natural. La novelita me ha entretenido, que no es poco, porque administra con sabiduría una estructura aderezada de guiños (Jesús, María, José y etcétera) sobre la trama detectivesca. Me quedo con: los hombres no deben llorar. ¿Sabes por qué? Porque es signo de debilidad o compasión y la debilidad invita al abuso o a la compasión, dos cosas dignas de ser evitadas.
Y llegó la Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo. O más de lo mismo pero tal vez algo peor. No diré que es una novela, sino un libro poético, un caleidoscopio de ecos, profundamente desestructurado. En resumidas cuentas: un mal poema en prosa. Sin embargo, siempre se puede rescatar un leve brillo de esperanza en todo naufragio. Dice Agustín que la vida es un anuncio de teletienda al que le han eliminado el producto anunciado. Pues Nocilla Experience es un libro lleno de literatura al que casi le eliminan la literatura. Aunque hay personas que se pierden en lugares que a nadie importan. Por mucho que se etiquete el experimento nocilla de narrativa transpoética (artefactos híbridos entre la ciencia y la literatura tradicional) mejor sería comparla con las películas decapitadas que cree serán la lectura del futuro. Como Agustín reconoce la teoría y la vida no tienen nada que ver. ¿Existe alguna excusa para leerla? Sí, el final de Annie Hall: en el arte siempre estamos procurando que las cosas salgan perfectas, porque en la vida real es muy difícil.
Por último, dejé el libro de los 4 que traigo que me reconcilió más con su totalidad, Vivir adrede, de Mario Benedetti. Aunque en la poesía última de Benedetti a instantes creo estar releyendo a Benedetti, o que se está repitiendo, o que me quedé en el roble, aquí he dicho, al margen de los cachivaches, chaupeau. Es una lectura de pinceladas, en la que la superficie por la que andamos tiene su lenguaje y nos va instruyendo. Una lectura donde cada palabra cuenta y en la que hay que amar al margen de cualquier costumbre, improvisadamente. El amor es más seguro cuando nos toma de sorpresa e incluso desorienta a la costumbre. El libro es una radiografía de un mundo en el que todo está destinado a que no creamos en nosotros mismos y menos aún en el prójimo indefenso. Y en él que nos toca sobrevivir adrede.
Así que esta tarde aún no sé qué voy a recitar en el Pub City Arms, en Figueres. Sólo sé que la capacidad de comprender a los demás subraya que la crítica no importa, que no siempre salen las cosas como esperamos, y aún así el placer de intentarlo, el esfuerzo y el riesgo justifican una nueva ocasión para airear la poesía.
¿Te animas?













