jueves, 11 de enero de 2007

Escribir es crecer

Por Carla Santafé
Es bastante curioso observar cómo experiencias que fueron presentes en la vida de uno en un momento concreto del pasado, van acompañando al sujeto durante un periodo, y se cierran en un punto de la vida muy posterior a su nacimiento. Esto me ha ocurrido con mi madre en los últimos dos años. Es una simple anécdota, quizás muy individual, pero creo que explica perfectamente este fenómeno.
Empezó hace dos años, cuando estaba en casa de mis padres cenando. Hablando de no me acuerdo ahora qué, mi padre aprovechó un delicioso momento de relajación entre nosotros para sumarse una estocada contra mi. De forma resumida diré que me “observó”, muy sutilmente, eso sí, que podría haber estudiado medicina, derecho, e incluso biología en vez de haber estudiado filosofía, muy interesante, sin duda, pero que sólo merece los esfuerzos que merecerían los hobbies. Cada cosa a su tiempo. O sea: claro, lo primero es lo primero y es el ganar mucho dinero a poder ser, y en su defecto, ganar dinero a secas. Esto tiene que ser prioritario en la vida. Yo, incauta, había dejado llevarme por las pasiones y había cometido el gran error de estudiar filosofía, pero lejos de “normalizarme” con el tiempo y dirigir mi atención a las cosas importantes de la vida, persisto en mi error y ahondo la rotura de mi futuro por la tan caprichosa acción de hacer un doctorado. ¡Ay, la niña! Entonces, mi madre, que en los malos momentos parece empática pero en el sentido invertido, puso la guinda: -“¿Pero quieres decir que si hubiera estudiado medicina hubiera podido con ello?”-. Lo dicho, la guinda en el pastel. Es que claro, los que estudiamos carreras “inútiles” de las que probablemente no trabajaremos y que además no sirven para hacer dinero somos idiotas. Estudiar tiene que servir para ganar más, no menos.
El tiempo pasa y las cosas mutan. Mi madre, aquejada constantemente de dolor de espalda, requirió de mis servicios como masajista, tres años después de haber salido de la academia y tras infinitas insistencias por mi parte. La sorpresa para ella fue que le hacían efecto. En un intervalo de un año y medio he sido hija, masajista y compañera de mi madre. La he escuchado y comprendido a un nivel muy profundo, y gracias a ello veo ahora en ella algo muchísimo más real de lo que pudiera haber visto tiempo atrás. He comprendido que mi madre es una humana, con su cosmovisión, sus méritos y defectos, sus dudas, sus miedos, sus frustraciones, sus alegrías y sus deseos. Comprendiéndola de esta manera mi madre ha vuelto a ser precisamente esto: mi madre.
Yo siento simplemente como un regalo la armonía con ella. Pero lo bueno también siempre viene junto, y mi hermana me comentó un día que mi madre estaba muy contenta cuando hablaba de mí. Puede que esto suene infantil, pero creo que todos queremos estar en paz con la familia, y creo sinceramente que a todos nos gusta que nos quieran y que tengan buen concepto de nosotros, aun siendo consciente de las turbulencias eternas que acompañan siempre toda relación humana.

Hace un par de semanas mi madre me llamó porque se notaba dolor en las cervicales. Cuando le hacía el masaje, el ritmo de la conversación llevó a hablar de su estado, y me comentó que se sentía mejor, tanto de la espalda como del ánimo, y que los masajes y yo misma habían tenido mucho que ver en ello, pues se sentía bien conmigo y me encontraba muy comprensiva. Mi madre, profesional en la profesión de madre, hablaba sin velos. Me quedé tan sorprendida que en vez de quedarme sin palabras, vinieron a mi mente y a mi boca las exactas: “precisamente esa comprensión es lo que me ha ayudado a obtener la filosofía… la filosofía, y escribir, y leer y observar, y sentir…” El turno de la sorpresa pasó a ella, y con un leve gesto de la cabeza giró el cuello y me miró. Me miró y no entendió, pero comprendió. Entonces la experiencia, iniciada unos dos años atrás, se completó. Y yo misma callé, porque yo misma comprendí cuando creía comprender: el arte es sabiduría y leer y escribir es crecer.

2 comentarios:

Marc Vintró dijo...

El poeta Wordsworth parla d'un tipus d'experiències similar al que tu descrius. Ell els anomena "spots of time":

"Hay, en nuestra existencia, sitios en el tiempo
Que retienen, con marcada preeminencia,
Un poder renovador del que [...]
[...] nuestra mente
Se nutre y se repone, invisiblemente"

R.P.M. dijo...

Estamos cerrando círculos. “escribir y leer es crecer” dices tú, Carla. “Gran parte de lo que uno tiene almacenado entre sus habitualmente relajadas neuronas, procede más de lo que se ha leído que de lo que se ha vivido, más de las lecturas que de lo que se ha oído y se sabe”, ha dicho Carles. Estamos hablando de palabras que alimentan el alma, el “adentro”.

En la pequeña contribución a “remover” este tema de la lectura, que estamos haciendo desde el Proyecto Liber ya habíamos dicho algo similar en nuestro primer Boletín. Echadle un vistazo a la pweb y de paso me hacéis llegar algún comentario sobre la iniciativa. No seáis demasiado estrictos. Pensad que estoy trabajando con medios “artesanos”.
www.proyectoliber.tdy.es
(sección Boletines Liber. Número 1)