martes, 9 de enero de 2007

¿No hay libro malo?

Por Carles Rull
Desde hace años, uno tiene la costumbre de dedicar alguna hora vespertina a la semana a pasearse por las librerías de la ciudad observando las novedades con las que las grandes editoriales invaden y copan los escaparates y expositores. Normalmente me paseo entre las estanterías con aire de autosuficiencia y pinta de enteradillo – no puedo evitarlo, es superior a mí –, me río un poco de las novedades más frívolas; hojeo algún superventas en busca del secreto del éxito pero como no lo encuentro acabo hojeando algún libro de autoayuda – idéntico resultado, pero muchísimo más cómico -. A continuación me deprimo al pasar ante la minúscula sección de poesía y teatro, que suele acabarse antes de que me haya dado cuenta de que estoy en ella; a veces leo algunas páginas de novelas gráficas o cómics, arte injustamente denostado; leo los elogios de las contraportadas de las novedades; suspiro ante mi falta de poder adquisitivo – ya se sabe, eso del maestro y el hambre - y al final acabo comprando alguna cosa, raramente novedades, casi siempre de bolsillo.

El pasado sábado, sin embargo, mi rutinaria exploración literaria se vio interrumpida por una inusitada e inquietante cantidad de volúmenes de dos publicaciones recientes que, sin vergüenza ni recato alguno, se mostraban impúdicamente a la vista de públicos de todas las edades en el expositor principal de una de las librerías de mi ciudad. En cuanto traspasé el umbral de la tienda y dirigí mi mirada a esa aparatosa estantería de novedades, mis inocentes ojos se posaron sobre el primero de ellos, de cuyo título no quiero acordarme. El autor era un cierto locutor matutino, de una cierta radio episcopal, cuya voz sólo he oído en selecciones de fragmentos – a menudo involuntariamente cómicos o voluntariamente insultantes – de otras emisoras, y vive dios que con eso he tenido más que suficiente. Que un libro del tal individuo se exponga en la que probablemente sea la estantería más atractiva y llamativa del local me resulta, cuando menos, acongojante, cuando más, espeluznante. Busco inmediatamente alguna portada que me ayude a sobreponerme del susto y compense el disgusto. Pienso, inocente, que difícilmente hallaré algo peor. Por supuesto, me equivoqué.

Y es que en cuanto desvié la mirada de aquel primer engendro editorial se alzó ante mis ojos otro monstruo: Los 1001 libros que debes leer antes de morir. (En serio, se titula así). La pedantísima aberración resulta ser la adaptación nacional de un gran éxito en el mercado anglosajón, adaptación en la que ha colaborado, sorprendentemente, el insigne crítico y filólogo José-Carlos Mainer, autor de manuales de literatura imprescindibles, como La edad de plata.

Me cuesta reponerme de la impresión y, ante mi expresión avinagrada, la dependienta empieza a observarme entre intrigada y desconfiada. Trato de disimular y me acerco con aprensión a la estantería de Grijalbo - culpable de tan pretencioso engrendro - para hojear un ejemplar de esos 1001 libros, mientras mi memoria recuerda compungida aquel otro horror editorial de hace un par de navidades de título si cabe más engolado y relamido: La cultura. Todo lo que hay que saber. Me doy cuenta entonces de que también existen los 1001 películas y los 1001 discos que todos debemos ver y oír antes de morir. Menos mal que existen estos maestrillos para aconsejarnos y guiarnos en el proceloso mar de la cultura. Más allá de la arbitrariedad de la cifra escogida, me pregunto cuáles serán los criterios de selección. Hojeo el monstruo. Fantástico: para empezar, no están ni la Odisea ni la Iliada, y los libros anteriores al siglo XVIII son, atención, trece. Algo más del uno por ciento. No sigo: este nuevo y maravilloso canon – el señor Bloom debe de estar saltando de gozo – llegará lejos, sin duda.

No sé de dónde surge esta posmoderna moda de erigirse en presuntuoso gurú de la cultura para decirles a los demás qué deben saber, qué deben leer, qué deben escuchar, qué deben ver, pero lo que más me inquieta - y con diferencia - es la perífrasis de obligación de estos títulos: “debes leer”, “hay que saber”, “debes ver”. Es un lenguaje casi orwelliano: si el gran hermano levantara la cabeza – que a poco que nos descuidemos no tardará en hacerlo – creo que sonreiría satisfecho.

La simple idea de pretenderse sabedor de todo lo que hay que saber le señala a uno como un lechuguino de primer orden, pero pretender encima "enseñárselo" a los demás o atreverse a "aconsejar" las lecturas para toda una vida va más allá de la impertinencia intelectual, no sólo es de una arrogancia y una soberbia imperdonables sino que roza la megalomanía. Si encima alguien tiene la desvergüenza de publicarlo, ya roza el insulto. Como dice el proverbio “El que habla no sabe, el que sabe no habla”. Quizá por eso debería ir callándome.

Por supuesto, esta vez salí de la librería sin haber comprado nada.

2 comentarios:

Marc Vintró dijo...

Des de que vaig llegir les teves paraules, que no paro de pensar en aquest curiós vici que tenim de fer llistes. Mmmm, no sé exactament per què, però em resulta una tendència així com sospitosa. De fet,moltes vegades es burlen de mi perquè sempre confecciono llistes de les deu millors pelis o dels deu millors directors i, sempre, cada cop que en faig una, em surt diferent de l´'última vegada. Ara, de fet, ben mirat, potser aquesta és la millor manera de fer llistes: canviant-les cada cop. Mmmm, no sé, què en penseu?

Anónimo dijo...

Yo digo lo mismo, la perífrasis me echa para atrás: leeré antes otros libros que tengo ya seleccionados y luego, tal vez, quién sabe, le haré caso, jeje

Zarzaparrilla