martes, 27 de marzo de 2007

Donde menos te lo esperas...salta la letra.


Martes, 27 de Marzo de 2007
Por Carlos Rull

Tenía hora con un médico al que no conocía. Se trataba de una revisión habitual. Tras la mesa se sentaba un doctor joven que enseguida me pareció afable y campechano. Lo primero que hizo fue echarle un vistazo al libro que me había llevado para leer en la sala de espera. La vida nueva de Orhan Pamuk. Le expliqué el caso, me preguntó, auscultó lo que tenía que auscultar y revisó lo que tenía que revisar. Me dio hora para otro día y un volante para un análisis. Y ya iba a levantarme de la silla cuando me dice:

- Espera un momento, coño, que te voy a recetar algo.
Agarra un papelito y escribe “Jack London”, y el título de una de sus novelas. ¡Me recetó un libro! Era uno de sus favoritos. “Alucinante, acojonante”, afirmó. Yo había leído mucho de London en mis años mozos, y conocía el libro de oídas. Permanecí en la silla y hablamos de literatura. Me recomendó un par de lecturas más, una de ellas completamente desconocida para mí. Yo, claro, le respondí con un par de recomendaciones, me parece que Bolaño y Gombrowicz. Me explicó con detalle y entusiasmo el argumento de su libro favorito. Finalmente, acordamos que en la próxima visita cada uno habría leído alguna de esas recomendaciones.

Mientras volvía a casa dando un paseo, se me ocurrió imaginar qué tal sonaría la vida cotidiana si una conversación excepcional como aquella que acababa de vivir fuera algo generalizado.
- Vicentica, ponme un kilo de nabos y un par de puerros. Oye, ¿has leído el último de Auster?
- No, ahora estoy con Nocilla Dream.
- Pues, mira, ése a mi hija le gustó mucho. Precisamente, el sábado llegó otra vez a las seis de la mañana apestando a tabaco porque había estado hablando sobre él con sus amigotes.
- Pues mi hijo no sale ni a la de tres, está todo el día leyendo a Lorca. Le ha dado por repasarse toda la poesía de la generación del veintisiete.

La vida cotidiana tal vez no sonaría mejor, pero desde luego sonaría mucho más humana. Además, la banda sonora de nuestras calles mejoraría muchísimo y en lugar de encontrarnos adolescentes gritando como energúmenos por las calles, tal vez les oiríamos ir conversando más o menos así:
- Pues sí, tío, me ha encantado el libro de Bradbury que me dejaste.
- Pues ya te dejaré el de Orwell, que es otra antiutopía futurista que lo flipas. Y a ti, que eres medio vegetariano, te encantarán también los cuentos de Aldiss.
- Vale, tío. Y el sábado nos pillamos la peli de Fahrenheit y la vemos en mi casa, ¿hace?
- Claro. Luego podríamos comentar el Lazarillo para la clase de literatura del lunes. Y, por cierto, me han hablado muy bien del último libro de...

“Para la clase de literatura”. Suena raro, ¿verdad? Pero, claro, en una sociedad en la que hablar de literatura fuera algo corriente, en la que la conversación literaria estuviera normalizada, tal vez no habrían desterrado su estudio del currículum - el temario, para entendernos -, y los profesores de lengua no nos veríamos condenados a reducirla a una superficial y esquemática concentración de frases manidas y tópicos simplones, y eso cuando podemos impartirla.

Si hablar de libros y de literatura en serio y con pasión no fuera algo tan raro, algo excéntrico que casi se reserva para secretos conciliábulos y extravagantes páginas de internet, no encontraríamos tanta mala uva, tanta cara agriada en nuestras vida cotidiana. Los locutores matutinos no zarandearían las almas recién levantadas con encolerizadas imprecaciones, los programas vespertinos no se dedicarían al zafio comadreo, inlcuso los guionistas de series y películas tendrían alguna buena idea. Porque todos ellos tendrían, en una sociedad literaturizada, el espíritu y el cerebro lo suficientemente llenos como para tener algo que decir que mereciera la pena ser escuchado.

A aquel médico tengo que agradecerle no sólo la atención exquisita con que consideró mi problema de salud, sino también el entusiasmo literario que inoculó a esa tarde gris de un jueves de marzo.

Epílogo o nota a pie de página: ya estoy leyendo la novela de London. Me arrepiento de no haberla descubierto en mi adolescencia. Por otro lado, dos de los heptalógicos miembros de este modesto blog participamos en un proyecto socioeducativo destinado precisamente a eso: a normalizar la literatura en lo cotidiano. Podéis visitar la página aquí, y si os gusta, felicitad a Rufino, alma mater del tinglado.

1 comentario:

Pérez dijo...

Gracias, Carlos. Esa sociedad es posible si somos capaces de soñarla. El próximo domingo hablaremos de sueños. Gracias otra vez por hacerte cargo. Y si soñamos todos juntos en algún momento sucederá.