viernes, 21 de diciembre de 2007

Cuídate mucho

Por Iván Sánchez Moreno

Un reciente estudio del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Sheffield intenta justificar con una base científica la indiferencia que provoca en el hombre de manera generalizada la conversación de/con una mujer. Los resultados que se derivan de una muestra “representativa” de sólo doce tíos demuestran que la voz femenina, al presentar unas frecuencias sonoras más complejas (debido a la longitud y tamaño de las cuerdas vocales y, por ende, a su prosodia “natural”), agota literalmente el cerebro del hombre porque se obliga a activar más áreas corticales para focalizar su atención y comprensión. Según Michael Hunter, responsable de la investigación, el hombre se esfuerza menos cuando entabla una charla con otro hombre porque ahorra energía comparando experiencias similares. Por si acaso, se escudan en pruebas patológicas: las voces masculinas, al ser procesadas/interpretadas en el área auditiva, se descodifican más rápida y fácilmente, lo que explicaría que, en la mayoría de casos, las alucinaciones contengan una voz de hombre, puesto que generar automáticamente una falsa percepción de voz femenina es neuronalmente más costoso.

Los ingenieros y dirigentes del saber han vuelto a cometer el crimen de tratar de argumentar lo indefendible, aunque en este caso sea hallar una excusa para seguir pasando de las mujeres disfrazando la misoginia en determinismo darwinista. Impelido por su condición sexual, el arriba firmante quiere disculpar este desliz con tres ejemplos del mundo del arte en los que, ante la aparente “sordera” del hombre, proclaman una mirada si no condescendiente, al menos crítica frente a este tema.

Que el arte es un universo infinito de mujeres acalladas es una verdad a gritos. Libros y enciclopedias de arte silencian o minimizan la voz de muchas mujeres que no pudieron hacer sombra en un mundo de hombres. Como el cine de Hollywood, el arte occidental es un caldo de cultivo machista. Uno de los casos más execrables de escamoteo de valores es el de Camille Claudel. Emparejada para siempre en la mitomanía popular con Auguste Rodin –a quien conociera con 16 años cuando él ya arrastraba 43–, a Claudel se la ha acusado incluso de plagiar a su maestro... De hecho, lo que hacían ambos amantes como ejercicio creativo era intercambiarse bocetos para que fuera la mirada del otro la que acabara de dar forma a sus esculturas. La idea original vertida al final sobre la piedra a golpes de martillo y cincel, se desprendía del sesgo emocional de género para adoptar un punto de vista neutro. Pero la ambición de éxito de uno y los celos apasionados de la otra pronto dieron al traste con la relación, ingresando la pobre Camille en un manicomio por orden de su hermano (a la sazón, embajador ultracatólico) para evitar así cualquier escándalo público que pudiera emborronar su reputadísima carrera política. Camille tardaría en morir treinta años más de cautiverio, quejándose continuamente de hambre y de frío y llorando por el viejo amante que la ninguneó. Aquél que empezó a matarla poco a poco cada vez que corregía sus “defectos de mujer”...

Otra mirada femenina sobre la desigualdad de género es la última obra de Sophie Calle. En ella, la artista rinde culto a la venganza personal contra su ex–novio, quien, de manera tan fría como brutal, cortó su relación... por e-mail. El pavo le envió a Sophie una misiva de estilo tan neutro que más que una carta de (des)amor parece un volante administrativo escrito por un funcionario gris y anodino. El texto contiene expresiones tan resobadas como que le hubiera gustado que las cosas fueran distintas, que no encuentra su lugar junto a ella, que siempre añorará su dulce mirada sobre las cosas, que no se atreve a decirle esto a la cara, que nunca la mintió y que, pese a la promesa que le hizo antaño de no volver a verse nunca más con viejos amores, esa misma semana había roto su “silencio de castidad” llamando por teléfono a dos y que, por no faltar a su palabra, prefería no hacerle daño antes de que el dolor fuera irreparable. Así que, sin más, y como la confianza da asco, se despedía con un sincero pésame: “Cuídate mucho”. Y ya está.

Sophie sufrió lo indecible durante una semana, llorando como una tonta y sin querer salir de casa, sumida en la tristeza del corazón partío, como canta Alejandro Sanz. Y entonces, quizá porque el mito de las cualidades terapéuticas del arte tiene mucho de realidad, Sophie vomitó todo aquello en forma de proyecto artístico que presentó muy satisfecha y desahogada en la última edición de la Bienal de Venecia. En su obra, Sophie había analizado la “carta del adiós” con un escrutinio inhumano, desposeída de todo atisbo de emoción para no caer en el condicionamiento afectivo, tal y como se espera de todo científico de bata en ámbito de laboratorio frente a su objeto de estudio. Sophie Calle mostraba, junto al documento impreso, fotos de él y ella, las canciones que escuchaban juntos, filmaciones de sus amigas leyendo la misiva –se podían compartir las reacciones de Laurie Anderson, Miranda Richardson, Maria de Medeiros, Misia o Victoria Abril, entre otros nombres del famoseo, pero también la opinión de psicoanalistas, sexólogas, lingüistas, filósofas, amas de casa, críticas de arte y hasta su propia madre–. Convertido el “muso” en “cosa”, el sentido original se pervertía absolutamente, borrando los límites entre verdad y ficción. Al final de todo, era la fuerza de la mujer despechada lo que generaba el atractivo de la obra, no el abandono de él, sino la templanza de ella. En esa resistencia radicaba el poder de la (re)creadora. La herida quizá nunca cauterice, pero el hombre, aquí, ha pasado de ser objeto de deseo a ser objeto, sin más.

Y, para finalizar, un repentino cambio de tercio. Según datos del gremio, en el sector joyero se comete un atraco cada tres días. Para denunciar el hecho, la joyería Gandolfi de Madrid ha encargado a Eva Montoro una serie de esculturas que sirvan para concienciar al ciudadano sobre la inseguridad que se vive cotidianamente en el oficio. Montoro ha repartido por la tienda cuatro piezas de corte realista moldeadas con resina negra y a tamaño natural. El efecto es impresionante por su crudeza. Pero lo que choca es, sobretodo, la asunción de “roles”: el atracador, pistola en ristre, es varón; la víctima, mujer, yace en un sillón rojo con un tiro en el pecho; dos personajes más co-protagonizan la escena: el traidor que huye con el botín y un mirón con perro que contempla impertérrito lo que sucede. Este último es hombre, pero podría ser también mujer, o matrimonio, o una turba entera de gente empotrada contra el escaparate y ávida de morbo y de sangre. Pero lo interesante es el estereotipo de género de bandido y “presa”. Cruel metáfora de las estadísticas de maltrato doméstico (que no domesticado).

Si el hombre, según el estudio realizado por el doctor Hunter y su equipo, no escucha a la mujer, este artículo quiere servir para reclamar su atención. Aquí, el que no escucha es porque no quiere, pero el que ya ni siquiera mira, ah, de ése hay que huir como de la peste. Porque se empieza siendo sordo, se sigue ciego y se acaba calvo, y cuando no le basta con tener la mano demasiado larga, se le termina volviendo el alma demasiado negra.

3 comentarios:

carlesrull dijo...

Esto sí que es auténtica defensa de la igualda de género, y no tanta campaña progre y tanta palabrería vana, y tanta @ al final de las palabr@s. Magnífica recopilación de ultrajes machistas, Iván, a la que me permito añadir el de María Lejárraga, abnegada esposa del presunto escritor Gregorio Martínez Sierra, presunto porque quien en realidad escribió más de tres cuartas parte de las obras firmadas por él fueron fue señora esposa, situación que se mantuvo incluso después de haberse separado. Hay quien habla de abnegación, de amor, de cariño, otros prefieren hablan de sumisión o de manipulación

ivansan69@latinmail.com dijo...

Gracias, Carles. Deberían revisar también buena parte del poemario de JRJ, y calibrar definitivamente si la mano amiga que le acababa de dar forma a los versos no era otra que la de Zenobia Camprubí. Pero a los mitos, ni tocarlos...

R.P.M. dijo...

La mano sutil de la mujer que llega si ser notada y se marcha de la misma forma. Porque, no todo consiste en llegar, sino en saber salir sin que se note.
Y sin afán de generalizar, me congratulo de la maravillosa generosidad de la naturaleza que nos regala cada día con nuevos nacimientos de mujeres. La mujer, lo femenino, si no existiera, habría que inventarlo. De verdad.