martes, 8 de abril de 2008

Enfermos de literatura

Por Carlos Rull

Hay una relación más o menos estrecha y más que menos directa entre literatura y enfermedad. No es sólo cuestión de que los lectores compulsivos o los escritores sean en su mayoría unos enfermos – que debemos serlo -, sino que la vinculación entre convalecencia y acto literario es frecuente, es casi una relación fraternal entre el bacilo y el libro, una estrecha y perversa amistad en la que los virus parecerían acarrear, entre otros muchos síntomas de índole y molestia diversa, una tendencia general a la lectura y, tras la leve mejoría, a la escritura.

Entre los grandes escritores, conocidos son los ejemplos de enfermos cuya vida – o parte de ella - discurría a menudo entre la cama y el sanatorio. Me viene a la cabeza Robert Walser, escribiendo - ¿es este el verbo adecuado? -sus imposibles microgramas entre las paredes de un sanatorio suizo; o los últimos años de Verlaine, aniquilado por la cárcel, el alcohol y Rimbaud: o la paranoia esquizofrénica de Strindberg, el asma de Proust, la epifánica epilepsia de Dostoievsky, y, en fin, tantos otros enfermos ilustres, Novalis, Keats, Kafka, Joseph Roth, Juan Ramón Jiménez,... Los románticos sabían bien que la salud es poco interesante.

La semana pasada, además de sufrir con paciencia unas mudanzas, padecí una leve enfermedad que me tuvo postrado (¡qué horror de verbo!) en cama varios días. Por supuesto, en cuanto la fiebre y las montañas de cajas de cartón me lo permitieron, me dediqué a leer, que no a escribir, torpe justificación de mis ausencias en los últimos martes.

Confieso no haber visto Expiación, la otra gran adaptación cinematográfica de este año – la primera era No country for old men-, pero he preferido leer antes la novela de McEwan, tarea a la que me he dedicado con fruición al final de mi convalecencia. Tanto me ha gustado que tardé poco en apoderarme de On Chesil Beach para devorarla este fin de semana. McEwan pertenece a la generación “Granta”, ese grupo de narradores ingleses que saltaron al éxito en los 80 y abarrotaron portadas y revistas con los Versos Satánicos, la divertida Historia del mundo de Barnes, o la satírica Dinero de Amis, o la nostálgica Lo que queda del día, de Ishiguro. Apenas había leído los títulos arriba citados cuando, gracias a un estreno que no he visto, descubro la obra de McEwan y me prometo que estas dos novelas no serán las últimas que le lea. Los dos son libros magnéticos, de una prosa ágil y profunda a la vez. McEwan es un maestro de la estructura, un mago del punto de vista, un fino psicólogo y una hábil analista de la conducta y la personalidad. Y un gran narrador. Expiación no pasaría de ser un dramón postvictoriano en manos menos hábiles, y Chesil Beach podría haber sido poco más que una broma soez. Pero McEwan sabe emocionar desde la distancia y desde una perspectiva variada y dúctil, sabe hacer de lo patético tragedia, del drama introspección, del dolor pura literatura. Expiación me ha sorprendido y emocionado, Chesil Beach me ha resultado sobrecogedora, divertida y terrible a la vez, una verdadero torrente, una riada devastadora de buena literatura. Anhelo encontrar el tiempo para leer más McEwan.

La literatura debe ser, imagino, la más dulce y a la vez la más cruel de las enfermedades. Las mudanzas son el peor de los remedios: ya comentó una de nuestras voces que el saber sí ocupa lugar, y además pesa un montón. Pero en ocasiones te llevas una pequeña alegría: encuentro en una de las cajas que acumulaban polvo en casa de mi madre una rareza que adquirí hace años y aún no había leído, error que estoy enmendando en estos instantes: Santa Ava de Adis Abeba, una inclasificable y divertida frivolidad con tintes de novela negra y pesadilla kafkiana escrita en 1970 por Cargenío Trías, pseudónimo que esconde – pero poco - a dos hermanos fáciles de identificar.

Posdata. Otra rareza: la editorial Impedimenta, según descubro en mi librería habitual, se acaba de descolgar con el falso diario De la elegancia mientras se duerme, apócrifas memorias de un asesinato escritas por un supuesto Vizconde de Lascano Tegui, extravagante y pintoresco bohemio argentino que habitó ese París legendario de entreguerras y dejó publicados varios poemarios hoy olvidados. La edición es cuidada y el diseño encantador. ¿Quién se atreve?

Otra posdata. Estoy con Andreu y Rubén: ya no me entusiasmó la primera Nocilla, esta segunda es mucho peor. Lástima.

Hasta la semana que viene, enfermos y enfermas.

3 comentarios:

Raquel Casas dijo...

Ho reconec, sóc una malalta. Tinc gula, entre d'altres defectes.

Per això sóc fan de la Nocilla (i de la Nutella i de les xuxes...); què tal Nutella Drims? Je je...!

carlesrull dijo...

O bé "Chupachups Experience"?

R.P.M. dijo...

No acabo de encontrar tiempo para tanta literatura, pero me anima saber que tengo mucho por delante para poder leer. Se te nota entusiasmo de lector lector, Carlos. Me encanta tu estilo.