domingo, 4 de mayo de 2008

MATER

Por Rufino Pérez

Era una enfermedad grave. Los más prestigiosos aiwan venidos de los confines sólo habían coincidido en eso. Y mientras tanto, Opalis, el príncipe, la esperanza del pueblo bensur, aquel en cuyos ojos habitaba el azul intenso del cielo y en cuyo corazón sólo cabía la bondad y la justicia, tenía ahora el semblante de las lunas de Orión, oscuras y tristes, inmóviles, sin vida.

Ni siquiera el agua de la profunda laguna Árvea, ni las arenas cristalinas del oasis de Adewán, ni aquella raíz de felima, la planta de la vida, que traspasaba su vigor a los guerreros bensures, habían tenido efecto en el semblante del más querido de los príncipes.

El dulce sonido del ney, acompañando el suave rumor de la fuente y el eterno brotar del agua; los trinos de todas la aves que poblaban los verdes árboles del Ériter, apenas si lograban que las lunas de Orión tomasen un tornasolado color.

El príncipe languidecía y con él la esperanza de todo un pueblo que ya no conocía los días apacibles, los juegos, las risas, y el corazón palpitante de gozo.

Cuando en su lecho, los ojos de Opalis tenían sobre sí la tormenta de arena que oculta las lunas de Orión en plenilunio, la que cubre de ausencia su faz y las hace inexistentes, el anciano rey lloraba y nadie ni los aiwan, ni el agua, ni la arena, ni el ney podían enjugar su dolor.

De entre las sombras, sencilla, temblorosa y con la frente marcada por las arrugas del silencio, surgió Lívane. Nadie, ni el propio rey la reconoció porque los ojos del rey estaban cerrados a la verdad. Nadie la notó acercarse al lecho y tomar la mano de Opalis, al tiempo que con el susurro delicado de una voz penitente, deshojó apenas tres dulces palabras: soy tu madre.

Un silencio profundo de asombro cubrió los rostros de cuantos allí estaban; sólo los labios de Opalis dibujaron una línea de bondadosa gratitud, al tiempo que las manos abrazadas se fundían en eterno deseo. Y la tormenta de arena que cubría las lunas de Orión se llevó consigo los astros gemelos y aparecieron las estrellas Amari, las de luz brillante que siempre habían adornado la frente de Opalis.

*** Dedicado a todas las madres actuales, pretéritas o por venir.

4 comentarios:

paula dijo...

Precioso relato Rufino, tiene toda la magia y la creatividad bautizada con palabras .Tanto es así ,que creía que existía el mito , y he buscado para profundizar(me apasiona la mitología)…me he encontrado con una bonita paradoja: Liviane es el nombre de un medicamento antiinflamatorio…calma el dolor.
Gracias por la dedicatoria, esa parida titulo lo tengo por partida doble je,je y lo recomiendo es una buena universidad y un placer los exámenes de acceso.
Un abrazo Paula.

Cristina dijo...

Gracias...
(espero jijiji)

R.P.M. dijo...

Sois encantadoras, madres -actual y futura-. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Tiene un toque muy fantástico, pero es muy cierta: Cuando está malita mi hija me busca y al verme siente alivio. Y lo entiendo porque cuando yo estoy malita busco a mi mamá... es la que más comprende mis males.
Un abrazo
Paloma