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miércoles, 29 de abril de 2009

COLLAGE II


par Camille Gobart



Les libations vénérables des illustres cohortes aux hérauts audacieux sont en érubescence dans la fange des hécatombes matineuses. Les fétides halenées des haillons pétrifiés forment une nimbe sibylline au-dessus des collines déclivées en accalmie, tandis que se tempèrent les affres pour enfin s’engoufrer dans le silence unanime. Un essaim de charognards boursouflés, indolemment surseoit la quiétude funèbre des nordiques soulanes.
Spectrale, Pallas, fille de Triton, telle une sylphide, ploie ses ailes en gardant le décorum. Elle transporte dans une canope les mânes qui veilleront sur les âmes de ces guerriers nantis de courage et avides de gloire, voués à l’éphémère existence du soldat, tout juste imberbes, à peine nubiles.

domingo, 4 de mayo de 2008

MATER

Por Rufino Pérez

Era una enfermedad grave. Los más prestigiosos aiwan venidos de los confines sólo habían coincidido en eso. Y mientras tanto, Opalis, el príncipe, la esperanza del pueblo bensur, aquel en cuyos ojos habitaba el azul intenso del cielo y en cuyo corazón sólo cabía la bondad y la justicia, tenía ahora el semblante de las lunas de Orión, oscuras y tristes, inmóviles, sin vida.

Ni siquiera el agua de la profunda laguna Árvea, ni las arenas cristalinas del oasis de Adewán, ni aquella raíz de felima, la planta de la vida, que traspasaba su vigor a los guerreros bensures, habían tenido efecto en el semblante del más querido de los príncipes.

El dulce sonido del ney, acompañando el suave rumor de la fuente y el eterno brotar del agua; los trinos de todas la aves que poblaban los verdes árboles del Ériter, apenas si lograban que las lunas de Orión tomasen un tornasolado color.

El príncipe languidecía y con él la esperanza de todo un pueblo que ya no conocía los días apacibles, los juegos, las risas, y el corazón palpitante de gozo.

Cuando en su lecho, los ojos de Opalis tenían sobre sí la tormenta de arena que oculta las lunas de Orión en plenilunio, la que cubre de ausencia su faz y las hace inexistentes, el anciano rey lloraba y nadie ni los aiwan, ni el agua, ni la arena, ni el ney podían enjugar su dolor.

De entre las sombras, sencilla, temblorosa y con la frente marcada por las arrugas del silencio, surgió Lívane. Nadie, ni el propio rey la reconoció porque los ojos del rey estaban cerrados a la verdad. Nadie la notó acercarse al lecho y tomar la mano de Opalis, al tiempo que con el susurro delicado de una voz penitente, deshojó apenas tres dulces palabras: soy tu madre.

Un silencio profundo de asombro cubrió los rostros de cuantos allí estaban; sólo los labios de Opalis dibujaron una línea de bondadosa gratitud, al tiempo que las manos abrazadas se fundían en eterno deseo. Y la tormenta de arena que cubría las lunas de Orión se llevó consigo los astros gemelos y aparecieron las estrellas Amari, las de luz brillante que siempre habían adornado la frente de Opalis.

*** Dedicado a todas las madres actuales, pretéritas o por venir.

domingo, 13 de abril de 2008

TÉRANA

Por Rufino Pérez


Hubo un tiempo en que la luz venía desde dentro. Me refiero a la única luz posible en tiempos de tinieblas. La luz de Uhr. Y era una luz inacabable, incontestable.


Antes de que surgiera la necesidad, los pobladores de Áraton sentían que el otro, “el que está junto a mí y no soy yo” era alguien que confirmaba su propia existencia. Todos juntos eran “los que conocían”. La mano tendida hacia el otro significaba “busco tu mano” y era un signo sagrado al que se correspondía tomando con fuerza la mano ofrecida. De ese modo se combatía la tiniebla.


“Tener” significaba “el que ahora pone su mano” porque todas las cosas, animales, ríos, árboles.. eran “lo que es y no me pertenece por entero”.


Uhr, no era un dios, era la “fuente que vence la tiniebla” y ocupaba el centro mismo del estómago en las circunvoluciones del ombligo de “los que conocían”. Áraton no era la patria, era “el lugar que acoge”. Y por eso no tenía fronteras.


Pero, las fuentes Uhr se contaminaron o se secaron, porque las crónicas no son certeras en este punto. Y apareció la Necesidad. De los habitantes de Áraton, pocos, muy pocos soportaron la sed. La luz ya no surgió de dentro, o era a penas un rescoldo de resplandor agonizante. Y sin luz, sobrevino la ceguera, el estado del que algunos cronistas dejaron constancia y que ha llegado a nuestros días. Ciegos en la tiniebla, se mataban unos a otros. Tener significó “ocupar” y lo que era ocupado ya no existía para el otro. Áraton dejó de ser Áraton.


Y con el último soplo de luz, asida a la mano de su madre, con la sonrisa todavía incandescente, Térana, marchó sin volver la vista atrás.


Dicen las crónicas que creó una nueva estirpe lejos de Áraton. Y que esa estirpe dominará en los confines Térrae.

Pero de momento, los humanos siguen vomitando.