martes, 6 de mayo de 2008

Rarezas (relato)


Por Carlos Rull


Al fin había llegado. Llevaba más de dos meses esperando ansiosamente el envío y por fin, ese misma mañana, había recibido la tan anhelada llamada: la compañía de transporte le informaba de que su paquete se encontraba por fin en la oficina local y le sería enviado esa misma tarde entre las cinco y las siete horas, número 220 3º 2ª, ¿verdad?, rogamos no se ausente de su domicilio en ese lapso de tiempo, muchas gracias por utilizar nuestros servicios, a continuación le pasamos con un contestador automatizado que le hará algunas preguntas acerca de la calidad de nuestro servicio.

Anduvo todo el día nervioso. Habían pasado ya dos meses desde que efectuó la compra a través de internet. Los libros que había adquirido sólo se encontraban en algunas librerías de viejo de Buenos Aires muy especializadas. Se trataba de dos primeras ediciones y tres ejemplares rarísimos de tirada muy corta, más alguna revista inhallable en España. Desde entonces no había dejado de comprobar su cuenta en el antedicho portal, en un exhaustivo seguimiento de su pedido. Había enviado y recibido correos electrónicos, había comprobado diez veces el cargo en su tarjeta, había revisado cien veces la información que le habían enviado acerca de su adquisición: tipo de papel, tinta, encuadernación, estado de uso, editor, historial, posibles ex-libris o anotaciones u otro tipo de daños causados por propietarios descuidados,.. Incluso había enviado varios correos para asegurarse de que se empaquetase su envío con el mayor de los cuidados. Y al fin había llegado.

En la oficina, pasó el día ausente: era lo habitual, con la salvedad de que aquel día, a diferencia de los del resto del año, incluso sus compañeros y compañeras menos observadores se dieron cuenta de su radical desapego por el trabajo. Salió a las tres y comió un plato combinado en el Galaxia, seguido de un café que alargó hasta las cuatro y media con la lectura de una rareza de Cortázar que había conseguido en su último viaje a París. De camino a casa, se paró en la librería para echar un rápido vistazo a las últimas novedades. Tenía tiempo de sobras, eran menos veinte y la librería estaba a dos manzanas de su piso-biblioteca

Tal vez se entretuvo con alguna contraportada, tal vez encontró algo realmente interesante, tal vez simplemente se despistó, pero la cuestión es que cuando se dio cuenta eran las cinco y cinco. Horrorizado, salió disparado de la librería sin hacer caso de los gritos de la dependienta que le exigía la inmediata devolución del ejemplar que, seguramente sin querer, aún llevaba en las manos. Atravesó al vuelo las dos calles que le separaban de su casa y, al doblar la esquina, vio, justo delante de su portal, una furgoneta de reparto que arrancaba. Saltó gritando al asfalto con la esperanza de llamar la atención de su conductor, sin conseguirlo. Demasiado tarde se dio cuenta de que aquella furgoneta no pertenecía a la empresa que él había contratado. Demasiado tarde se dio cuenta de que, efectivamente, había robado un libro. Demasiado tarde oyó el claxon y el desesperado frenazo de otra furgoneta. Tuvo un momento de brutal clarividencia y sintió, durante una milésima, la certeza de la insoportable necedad del ser. Y sintió que mil cables de acero tiraban de él hacia el suelo con una fuerza descomunal. Y sintió haber robado el libro, que, además, no le gustaba. Y el libro robado cayó al suelo, al lado de la rareza de Cortázar. Un poco más allá, al lado de la rejilla de desagüe, yacía un par de gafas con los cristales rotos.

El conductor de la segunda furgoneta supo al instante que aquel tipo que acababa de atropellar lo tenía pero que muy mal. E inmediatamente desvió la vista hacia los números de los portales cercanos buscando el 220, donde tenía que entregar un paquete de libros recién llegado de Buenos Aires.
Imagen tomada de http://www.todoxbox360.com/foros/

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu relato me ha conmovido compa, se intuye mucho miedo y una masoquista anticipación a la perdida. Es una lástima que, el placer fetichista traído de Buenos Aires, acabe oliendo mal, de tanto pasar por controladores pensamientos aduaneros.”Todo lo que sucede es el resultado de lo que hemos pensado”
Aunque fiel a mis principios: nadie, por más chorizo librero que seas, te atropella por casualidad…acabara leyendo ,no solo con otras gafas, si no con otra mirada… menos mal que el envío no era por avión je,je.
Un abrazo lleno de buenas energías. Paula

carlesrull dijo...

Algo ahí de eso, amigüita, y me alegra haberte conmovido. Como siempre tu afilado bisturí psicológico corta donde debe. Creo que fue Aristóteles quien vino a decir que la literatura - aunque él hablaba de la tragedia - tiene una función eminentemente catártica. En esta sociedad del miedo y las crisis hay que ir purgando demonios para aprender a mirar de otra manera e ir eliminando aduanas del pensamiento - me encanta la metáfora -.

Gracias por tu comentario (y por las buenas energías) y un abrazo de buen rollito. Se te echa de menos.

R.P.M. dijo...

El fatum es sutil, pero si viene acompañado de un libro, al menos te deja las instrucciones por escrito. Otra cosa es saber leerlas. Preciosa conjunción de lectura, destino, aduanas, deseo y vida. Estás en vena. Un abrazo

gonzalezcastro dijo...

La insoportable necedad del ser: ¡qué acertado! Y el panzón que me di de leer Kundera desde los 17. Eres bueno, Charlie.