jueves, 7 de agosto de 2008

Sura


Por Raquel Casas


En Palmira perdí la sortija. Pero encontré aparcado el coche rojo de motor coreano. Cerca de él, algunos hombres estaban sentados dejando pasar el tiempo y el calor del desierto. De vez en cuando fumaban, charlaban, contaban los días sin lluvia, investigaban el misterio de las mareas y entretenían con todo ello a los niños. Sura, sura!, repetían ellos continuamente a nuestro paso con una gran sonrisa. Los niños de Palmira tienen grandes ojos y sonrisas, pero pocos juguetes, llenos de arena, por eso barren las calles y piden fotografías a los turistas para ver cómo van peinados. Los niños de Palmira conducen camellos como si fueran pequeños ponys. Los niños venden postales, pañuelos y sortijas de plata, tal vez alguna perdida.

Por la noche, el viento sopla más fuerte en Palmira, te golpea la cara y las piernas con la arena que también te despeina. Sura.
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2 comentarios:

Nuesa Literària dijo...

M'agrada molt. Està molt ben escrit. Gairebé sembla que siguis allà. Es percep el pas lent del temps i la remor suau del vent abillant el silenci. És una fotografia lingüística que diu més del que diu.

Raquel Casas dijo...

Tens raó, les fotografies de viatges parlen.