miércoles, 3 de junio de 2009

A MANO ABIERTA







Por José G. Obrero

A Moisés Benítez




Le estaba pegando con la mano abierta y, a pesar de mi nerviosismo, podía oír perfectamente como mi hermano me gritaba que cerrase el puño y como el Pascua jaleaba: “¡písale los ojos! ¡Písale los ojos!” Cosa bastante complicada si tenemos en cuenta que el gitano Añeja estaba de pie igual que yo. La ley del barrio estipulaba para las peleas que el primero que llorase había perdido, pero era una ley simple, porque ¿qué hacía yo llorando de pura excitación y golpeando una y otra vez con mi mano abierta la cara del Añeja? ¿Y por qué no lloraba el gitano a pesar de la tunda que estaba recibiendo? Cuántas veces hablábamos de técnicas y qué difícil resultaba aplicarlas. Siempre me proponía que en la siguiente pelea golpearía con más inteligencia, utilizando las sabias palabras del Salva que era mayor y en aquel momento ya había dejado el colegio. El Salva me decía dándole una fuerte calada al cigarrillo: “Joselito, no te enzarces en empujones que se pierde mucha energía y es demasiado previsible. Utiliza el factor sorpresa y sin mediar palabra “zas” le arreas un puñetazo en el estómago. El tío se doblará de dolor y tú ya tienes dos opciones a elegir: o le pegas en la nuca con el puño o le das un rodillazo en toda la boca”. Qué bien hablaba el Salva, cuánto sabía y qué seguro de si mismo con su cigarrillo entre los dedos. Pero el Salva nunca peleaba, era un teórico. También nos enseñaba a los pequeños su colección de revistas Lib y nunca había besado a una chica. Pero volvamos al Añeja y a mi pelea que empezó con una simple frase: “qué zapatillas más guapas” dijo el Añeja señalando mis pies, y añadió “¿qué número usas?” Yo ya estaba cansado de correr cada vez que me hacía esas preguntas porque la siguiente frase era: “dámelas”. Y a pesar del pánico que le tenía al Añeja y su leyenda, pudo más la mirada vivaracha y morena de Silvia que no me quitaba ojo. Si huía corriendo a toda velocidad puede que Silvia se dignase a mirarme algún día pero su hermano Carli, que también presenciaba la escena, la obligaría a ignorarme y lo tendría todo el día encima llamándome marica y dándome collejas. Eso era lo mejor que podía pasarme, en su fase más cruel el Carli nos mordía los lóbulos a los pequeños, hasta hacernos sangrar. Decía que era Drácula. Menudo bastardo. Alguien decía que un hombre no es cobarde ni valiente ante todos los actos de su vida y que, salvo los virtuosos (escasa estirpe), nuestra valentía o cobardía depende de las motivaciones y del momento. Silvia y su hermano me insuflaron la valentía necesaria para enfrentarme al Añeja que ahora me gritaba que parase. “¡Basta!” me decía y aunque el Pascua me insistía en lo de los ojos, yo paré con alivio. Ambos respiramos agitados sin perdernos de vista y después nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Desde entonces el Añeja y yo nos ignorábamos al vernos. No era indiferencia, al contrario, una mezcla de mutua simpatía y reconocimiento nos envolvía.
Años más tarde, siendo ya compañeros de trabajo pude comentarle el miedo que experimentaba en aquellos años nada más verle y él me confesó la rabia e impotencia de sentirse temido sin motivo y la cantidad de zapatillas que, en su soledad, tiró al fuego.

5 comentarios:

Gogus dijo...

Que t'haig de dir... Com sempre, boníssim.

José G Obrero dijo...

Marc, gràcies. De debó. Espero que aviat poguem parlar d'aquestes coses al xiringuito de Vilanova on posen Bob Marley. Ja t'ho recordaré. Una abraçada!

carlesrull dijo...

Comentario sin comentarios. Simplement genial, José. !Qué nuestras zapatillas se encuentren pronto!

José G Obrero dijo...

Amén, Carles, amén.

Oscar Sotillos dijo...

me ha encantado esa pira de zapatillas. pisale los ojos, compa!