viernes, 28 de agosto de 2009

Cojeando por el laberinto



Se despertó con una buena resaca de sueños y entumecida comprobó, que realmente duelen. Recordaba perfectamente sus desventuras de estrella coja mientras parpadeaba intermitentemente y se apoyaba, como una mutilada de guerra interestelar, en los bordes de los caminos de nubes, renqueando y derramando fugaces lágrimas de San Lorenzo.

La tierra, madre al fin y al cabo, trataba de consolarla en la distancia quitando gravedad al asunto y evitando atraerla con sus deseados mimos, para que no tuviera que pisar suelo firme y tropezara, aunque fuera en sueños, con barreras arquitectónicas planetarias.

Toda la onírica aventura comenzó así:

Manuela, la estrella coja, cojeaba de sueños de conquista y quería viajar más allá de las tierras de la estrella Arturo y su cohorte iluminada de la tabla redonda. Deseaba firmemente internarse por esos laberintos terrenales, por los que antes retozaron las Pléyades y disfrutar tomando el sol en las playas Atlántidas, para adquirir un bonito bronceado de sueños.

En su delirio minusválido, pensaba que podría establecerse como pionera y arar a la pata coja surcos de nuevas luces, para llenarlos después con partículas de Dios y hacer brotar por inseminación natural criaturas iluminadas.
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Hizo el equipaje con luz de luna y, concienzudamente, fue empaquetando sus pertenencias sin olvidar su rebeca de puntos de luz, por si hacía frío, su adaptado bañador de mareas lunáticas y su etéreo camisón de día.

En cuanto amaneció, para no despedirse de sus colegas de borracheras de luz, cogió su patinete de nubes tuneao de héroes míticos y se lanzó a sol abierto deslizándose por sus fogosos tentáculos.

Aunque le dolía la cicatriz con los cambios de tiempo y los malos humos comenzaban a llenar de picajosos grises sus astronómicas articulaciones, continúo sin una queja moviéndose con ansia empujada por esa atracción fatal.

Cuando sintió que le fallaba el aliento y el cambio de altitud le bajo la tensión, dejándole sin apenas energías, cayó al mar y se aferró a su patinete hecha una bombilla desmochada, mientras probaba su primer “acuarius” marino.

Anduvo vagabundeando un buen rato, limpiándose de rastros y restos de polvos cósmicos, hasta que divisó la orilla y decidió aproximarse .El panorama le desorientó y tuvo que aclimatar sus ojos a los nuevos y estridentes colores del paisaje, sus oídos a esas extrañas músicas que, en el mejor de los casos, le recordaban a los ronquidos del planeta Tierra cuando andaba muy cansada de ser pisoteada o a la fogosa Venus cuando le apretaba el celo primaveral.

Angustiada se sintió atrapada en ese laberinto de colores y formas, que su mentalidad fractal no era capaz de discernir. Encima, algo imperceptible le obligaba a quedar pegada a unas ásperas y bajas nubes, que le dolían por todo su cuerpo celeste y la dejaban completamente inmóvil en contra de su voluntad.

Por si sus miedos fueran pocos, espantada vio venir hacía ella un esmirriado cometa totalmente oscurecido y con una pequeñísima cola que se movía sin cesar. Cuando lo tuvo más cerca, le tranquilizó su parecido con los ángeles y observó enternecida que era manco de las dos alas.

Al momento recordó las leyendas que le contaba la Osa Mayor, para entretenerla en las largas noches de luna nueva, sobre esa temible especie que, mientras crecía, no sabía volar y que era la culpable de que la luna, siempre estuviera tan atareada ayudándoles a aprender el alfabeto de silencios que ellos, los humanos, llamaban poesía.

El extraño ángel cada vez se aproximaba más y….,Manuela cerró los ojos y al hacerse noche: despertó. A su lado andaba la luna meciéndola cariñosamente y su ángel favorito le vendaba la pata coja con sus alas y se la lamía entre bálsamos de sonrisas.

Aliviada comprendió, que todo había sido una soleada pesadilla terrenal y se acurrucó mimosa entre los brazos de Catalina.

1 comentario:

Ester Astudillo dijo...

Bueno, Paula, welcome back, sis. Pfdzczzzssdzzz!!!

Es el de Manuela un sueño iniciático o es el sueño de todos los días, el nocturno reparador que permite que los kilos de recuerdos de la jornada se solidifiquen amorosamente en el repositorio cerebral llamado 'hipocampo'? Yo para mi próximo viaje me pido ser Gea, la madre por excelencia. De momento, sólo soy

Ariadna en el laberinto;-)