sábado, 10 de abril de 2010

LAS VISITAS

Por Antonia Martos


Sufrió la lentitud del paso de las horas en aquel lugar, día tras día y mes tras mes. Fue un cinco de abril cuando su pesadilla se hizo realidad. Ingresó en una residencia de la tercera edad, decisión que tomaron sus cuatro hijas. Llegó con una maleta y una fotografía de su mujer con los zapatos de tacón que siempre llevó en la pastelería. No me acuerdo del nombre de la residencia, pero sí de que estaba situada en la zona alta de Barcelona. Rafael, el padre de todas, se sentía abandonado por sus hijas y, en especial, por Sonia, su hija pequeña. Rafael y su mujer, que había fallecido hacía ya algunos años, invirtieron en Sonia todo su dinero, la ayudaron a pagar su casa con jardín y trabajaron para ella más de diez horas diarias en la pastelería que tenían en el corazón de Barcelona. Con el resto de hijas, entendió que el abandono era la respuesta a su decisión de darlo todo, en vida, por Sonia. Miriam, Rosa y Victoria eran sus otras hijas. Sus vidas transcurrían como si fuera la primera maravilla del mundo, entre las atenciones a sus hijos y la dedicación a sus maridos. En cuanto a los nietos, apenas conocían a su abuelo, ya que, durante la infancia de éstos, el trabajo en la pastelería lo dejaba exhausto para hacer de vez en cuando una visita a casa de sus hijas. De hecho, se puede decir que cumplía y hacía lo que se dice de una forma sarcástica la visita del médico, es decir, visitaba a sus nietos una media hora, cada cuatro meses. Ahora, Rafael, en la zona alta de Barcelona, con la mirada fija en Collserola, se siente vacío y solo. Sus nietos lo visitan obligados por sus madres un promedio de tres veces al año y no aguantan más de media hora con él. El silencio y las miradas hablan por sí solas. Cuando el abuelo habla del tiempo que lleva en la residencia, de la soledad, y de su vida con Daniela, los nietos, con prisa, y sin mirarle a la cara, se despiden de él. Antes de que muriera Daniela, se sentía acompañado por la extensa familia de su mujer. De alguna manera le ocupaba el poco tiempo de ocio. Todas las hermanas de Daniela vivían en el mismo edificio. Y cuando no los visitaba una, los visitaba la otra. Por tanto, sus vidas transcurrían entre la pastelería de Sonia y las visitas de la familia de Daniela. Por lo que se refiere al resto de hijas, yernos y nietos, unas tres veces al año, la visita del médico, y las fiestas hipócritas que cualquier familia conoce, me refiero a los cumpleaños, a los aniversarios de boda y a la Navidad. Ahora a Rafael se le habían acabado los cumpleaños, los aniversarios de boda y la Navidad. En cuanto a Sonia, ella seguía trabajando en la pastelería. Gracias a sus padres había conseguido todo lo que quería. Su casita con jardín, la pastelería a su nombre y a su padre, que ya no molestaba, ingresado en una residencia en la zona alta de Barcelona. ¿Qué más podía pedirle a la vida?
Durante los cuatro años que Rafael estuvo allí se hizo muy amigo de Anselmo. Con Anselmo descubrió que los años se le habían escapado de una forma absurda entre la pastelería y las visitas de la familia de Daniela. Anselmo también tenía cuatro hijas y esa casualidad les unió en una gran amistad. Por el contrario, su amigo recibía visitas, casi a diario, de sus nietos y esto hacía que Rafael sintiera mucha envidia.
Cuando Anselmo recibía las visitas Rafael desaparecía de su lado y, por lo menos, hasta el día siguiente, en el desayuno, no le dirigía la palabra. Esto llegó a obsesionar tanto a Rafael que ya no podía ni mirar a la cara a su amigo. Como todo en la vida de Rafael acababa más tarde o más temprano, también la amistad con Anselmo acabó.
Rafael sentía sobre su cabeza el peso de una losa insoportable. Una losa de vacío, de soledad, de dolor y de angustia. Una losa que se llevó con él el día que escapó de la residencia y se dirigió al centro de la ciudad donde los corazones de sus hijas, de sus yernos y de sus nietos palpitaban como podrían palpitar los corazones de las hijas, de los yernos y de los nietos de cualquier abuelo que esté en una residencia de la tercera edad y, sin pensarlo un instante, entró en aquella estación de metro. Más tarde, un panel luminoso informaba que la línea había quedado interrumpida por un impacto brusco ajeno a la compañía. Los setenta pasajeros que iban en el primer vagón salieron por su propio pie tras el chirrido estremecedor de las ruedas del metro.

6 comentarios:

Mercè Mestre dijo...

Noia, és tan real i està tan ben escrit que m'ha trencat el cor.

Un petó.

Antonia Martos dijo...

Moltes gràcies Mercè. La meva intenció era reflectir la realitat.
Una abraçada,
Antonia

R.P.M. dijo...

La verdad es que logras que los personajes te salten al corazón. Perfecto.

Antonia Martos dijo...

Gracias Rufino,
Antonia

Anónimo dijo...

¡Hola Antonia!.

Soy Marta Serrano, y al final he conseguido leer tu escrito.

Corto, pero muy intenso.

Pobre Rafael, mira que no apreciar lo más bello que tiene la vida...

El final es trágico, pero casi es su única salida.

Carso dijo...

bueno, también le quedaba otra salida, elaborar un último pastel con cianuro y regalárselo a sus hijas y nietos en la siguiente visita de médico...
bravo por el relato, antonia.