sábado, 12 de marzo de 2011

Postales en movimiento: 5

Se encuentran cada tarde en el mismo banco de la plaza. Ella suele llegar antes. Se la ve rondando alrededor sin acercarse demasiado como si el estar allí sin su compañía tuviera algo de perjurio, o simplemente evitara el vértigo que le supone estar sin él donde siempre están juntos o rehuyera experimentar lo que debe ser la sensación de pérdida. Los brazos cruzados sobre el pecho cobijando la carpeta del instituto. Ojea los escaparates de las pocas tiendas, mira en dirección por donde él siempre llega. El banco vacío todavía. Se acerca pero sin acabar de sentarse.
Él sube la moto a la acera y gira la llave de contacto. Se quita el casco y se baja la cremallera de la chaqueta. Cuando sus miradas se aciertan nada hay ya más importante que acelerar el encuentro, un primer abrazo, un beso largo y cogidos de la mano caminan los pocos metros que hay hasta el banco. Luego, durante poco más de veinte minutos, escenificarán su catálogo de confesiones al oído, sus arrumacos, sus besos y sus caricias, y ese pequeño rincón volverá a ser el centro del universo.
Acostumbrados a ese tierno acontecimiento que decora el paisaje de una plaza de un barrio que ha ido envejeciendo poco a poco, los vecinos y comerciantes de la zona se enorgullecen de que ése sea el sitio que hayan elegido. Es como algo que les pertenece, como un emblema de su plaza. Un estallido de amor adolescente que observan sin molestar, sin dejar de hacer sus rutinarias actividades cotidianas como espectadores respetuosos en la oscuridad de un patio de butacas. Han seguido a diario sus mimos y sus expresiones de cariño, sus intercambios de regalos y hasta sus breves discusiones que acaban siempre por mitigar con uno de sus abrazos como quien sofoca en una fase inicial un conato de incendio. Y sin saber sus nombres ya les han hecho sus hijos predilectos.
Les inquieta su ausencia cuando no vienen. Se preguntan, murmuran, especulan y hasta padecen. Y cuando al día siguiente los chicos vuelven al banco de en medio de la plaza su inquietud se desvanece y regresa la armonía, el orden de las cosas. No hace falta mirarlos, sólo sentir que están allí. Mirarlos demasiado puede resultar molesto, ofensivo, indecente, hay que respetar esa intimidad valiosa. Pero si alguien lo hiciera, si alguno de los vecinos o comerciantes de la zona observara hasta el último momento, les vería levantarse al llegar la hora, darse ese último abrazo todavía más intenso antes de volver a sus vidas separadas. Ella, con la carpeta contra el pecho, enfilaría andando el camino al instituto. Él iría en dirección a la moto. Ambos se darían la vuelta con la coordinación espontánea de los enamorados para despedirse una y otra vez desde la distancia antes de que ella desapareciera más allá de la esquina y él, tras esperar unos segundos, cerrar el pitón de la moto, guardarse las llaves en el bolsillo y, con expresión desconocida, disponerse a seguirla.

2 comentarios:

Carso dijo...

En uno de sus tres volúmenes de Iluminaciones Walter Benjamin hablaba de la criminalidad intrínseca al ser humano. más o menos decía algo así como que si invertíamos el tiempo y esfuerzo necesarios en seguir a una persona durante todo el día en su trasiego urbano, acabaríamos por descubrir algún delito, por pequeño que fuera. y en tus textos uno sabe que acabará, aunque sea en la última línea, hallando esa falta, ese secreto inconfesable.

Ester Astudillo dijo...

El secretismo y el engaño es lo que nos hace inteligentes... y humanos (si es que somos alguna de las dos cosas). Y las postales de Jordi tienen siempre ese pálpito desazonador de que lo que vamos a descubrir tras la vulgar apariencia es como poco inquietante.