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lunes, 31 de agosto de 2009

Escalera de color


Por Ester Astudillo


Tú lo tienes fácil,
tinte del duelo,
agujero del pesar,
pozo que atrae
y retiene
la pléyade
de quanta y hercios
y aun así
eres siempre el mismo,
sin esfuerzo, sin conciencia,
sin hondura ni matices.

Y tú, su antítesis,
huérfano también
de recodos y simas,
brillo refulgente,
epítome de la ausencia
en la retina,
incorruptible, noble,
tú eres
la arquitectura del aire.

En mi carta de colores
yo soy ora tú
al 30%,
ora al 45
el otro tú ,
siempre adúltera,
bastarda siempre,
rastreando la inmutable
esencia de lo absoluto
en ti, gruta noctámbula,
en ti, vientre de luna,
en busca de lo inefable,
del píxel en el ojo.


Mi agradecimiento a Carlos Marzal
en concepto de préstamo de su
título La arquitectura del aire (2007),
y por supuesto, a mis krds José
y Carso, por mi licencioso
uso del título de su precioso
blog de imágenes. Gracias, compis!!!

domingo, 17 de mayo de 2009

MUNDO DE COLOR

Por Rufino Pérez


Cada vez que tenía un problema, se comía un pastel de chocolate. Llegó a pesar 100 kg. Y lo tuvieron en tratamiento –por azúcar, claro- durante un año.

Salió del hospital y siguió comiendo pasteles porque le gustaban; ahora cuando tenía problemas se comía ls oreja del primero que pillaba. Estuvo en la cárcel un año y pico por agresiones diversas, aunque allí se le curó su hambre de pasteles, porque a los presos comunes no les dan pastel de postre y tampoco le quedaba dinero para comprarlos en el economato de los internos.

Cuando salió de la cárcel, comía sólo pasteles de vez en cuando y si tenía problemas, que los tenía, se lavaba las manos repetidas veces. Llegó a tener las manos tan blancas y asépticas que tuvieron que hacerle unos cuantos injertos para volverlas humanas, con su poquito de grasa y polvo pegado a ellas.

Un poco harto ya, inventó una ecuación: problema = color. Y cada vez que tenía un problema, se vestía de un color distinto. Esto le generó también algún problema con los colores, pero mejoró la fórmula: problema típico = color típico, y así con cuatro o cinco camisas y tres pantalones se dedicó a pasear todos los días hecho un pincel de colores, dando tal impresión de felicidad que era la envidia del barrio. Lo que él nunca supo, es que era daltónico.