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viernes, 22 de mayo de 2009

CRIMEN DE IMAGEN




Se levantó de la cama con premeditación y alevosía, a lo que añadió nocturnidad. Se lanzó descalza por el pasillo en desastrosa deshabillé, guiada por una voz, mejor dicho por unos rugidos, que le salían de las entrañas.

Se plantó ante la gran caja blanca que ocupaba el centro de la estancia y sintió el frió que desprendían sus despiadados pensamientos. Sin más elección que la de seguir a su obsesivo instinto, abrió la puerta como una autómata y sacó del interior su primera herramienta para el crimen: una botella de tamaño familiar.

Acto seguido cegada por la lujuria depredadora, cogió como una posesa el afilado cuchillo jamonero y, con él en la mano destapó a tientas a su presa. Sin tregua y con maña, comenzó a lanzarle certeras cuchilladas y después, sin ningún atisbo de piedad, troceó sus carnes en finas lonchas.

No contenta aún con la orgía de desenfrenos, rebuscó con su olfato de asesina entre los armarios de la cocina, en la panera, entre los cajones algún resto escondido de dulce vida para, sin escrúpulos, zampárselo de postre.

Aún medio sonámbula pero con las voces interiores aplacadas, se paró en seco y descubrió con pavor todas las huellas de su pantagruélico delito: su camisón empapado de grasa, las mandíbulas desencajadas de tanto relamerse y resbalándole por las comisuras de la boca los restos de sus víctimas, entre espumas de cerveza.

Sin poder soportar el peso, también de los remordimientos, cayó de rodillas con todo el rigor de su conciencia veraniega. Juntando las manos rezó con mucho fervor varias salves a las diosas de la imagen, recitó con gran devoción largas letanías de anuncios anticelulíticos, conjuró todos los mandamientos del plan Pons e incluso, se fustigó mentalmente visualizándose en bikini.

Pero todo fue inútil, sus ruegos no fueron escuchados, y se retiró cabizbaja de arrepentimientos hacia el dormitorio .Allí, le esperaba despierto el gurú de su estético culto: el sabio espejo, que le devolvió implacable todos y cada uno de los pormenores de su salvaje atentado.

Con compungida cara de luna más que llena y las pistoleras enfundadas dentro de sus cartucheras, se rindió al duro y merecido castigo: la cárcel del severo régimen.