
Por Rufino Pérez
En 1967, S. Francisco fue el escenario de una explosión juvenil de pacifismo, música y liberación sexual, el denominado “verano del amor”.
“If you are going to S. Francisco / be sure to wear some flowers in your hair”
Flores en la cabeza. Nacía el hippismo, la “gentle people”, que Scott Mackenzie animaba a encontrar en la bahía de S. Francisco, gente nada convencional, que vestía ropajes floreados, de colores chillones, pelo largo, que fumaba hierba y hacía el amor libremente, durmiendo en parques y pisos abandonados de la ciudad.
Una forma de escapismo, de abandono de una sociead adulta opresora. No querían ser clones de sus padres y abuelos –buena casa, esposa fiel, barbacoa (paella) familiar el fin de semana-. Una forma de ruptura con las generaciones de posguerra: Ginsberg, Kerouack.. Y verdaderamente no fue un movimiento prefabricado, fue una “extraña vibración” que fue generando una verdadera revolución social, la primera revolución juvenil de la historia.
En S. Francisco, se mezclarían luego, tanto gentes de espíritu libre como turistas de fin de semana, mercaderes o chicas fugadas de casa (runaways), pero allí se generó una nueva forma de entender el mundo, una contracultura.
La música fue el vehículo más representativo y a la vez más comercial del movimiento, la encargada de esparcir su gran himno que culminará en el festival de Monterrey.
¿Y en España? Bueno, marcando diferencias, claro. Fraga inauguraba paradores de Turismo, Carrero Blanco ascendía –perdón por la ironía – a “delfín” de Franco que “abría la mano” dando entrada en las Cortes a los procuradores del “tercio familiar”; moría Azorín y el boxeador Pedro Carrasco era la figura popular. País.
Eso sí, tuvimos una película de los insignes Alfredo Landa –qué gran actor desaprovechado, de verdad- y Concha Velasco: Una vez al año, ser hippy no hace daño.
Bueno, ¿y qué? El movimiento hippy fue devorado por su propia inercia y la ayuda de la policía, los medios de comunicación que lo convirtieron cada vez más en un show y algún que otro insigne político de apellido Reagan y nombre Ronald, que cerró comunas, prohibió el LSD y devolvió a casa a las “runaway”.
¿Qué queda de todo ello? Quedan las palabras, los conceptos: pacifismo, ecologismo, movimientos alternativos, la liberación sexual –cada vez más recatada y mal entendida- y nos quedan los Beatles, la música. Poca cosa, es verdad, pero si quitamos el LSD y la única hierba que manejamos son las flores, tal vez merezca la pena acercarnos aunque sea “in memoriam” al movimiento hippy.
En cualquier caso, habría que fabricar veranos de amor, por lo menos uno cada año y festejarlos cada cual a su “amoroso modo” durante el otoño y el invierno. La primavera es ya de por si, época de enamorados. Este ha sido un verano de amor.