Por Carlos Rull
Cuando él, quien sea, se marcha tras el ardiente
amor y el prosaico desayuno, ella tiene la peculiar costumbre de fotografíar la cama vacía. Con el tiempo, tras la separación, ha ido acumulando una pequeña colección de desenlaces. Nadie más distinguiría apenas una imagen de otra. A ella, sin embargo, la disposición de las sábanas, la situación de las almohadas, la altura de la persiana, la ausencia de manta, le permiten reconstruir, sólo parcialmente, algunas de las noches. No necesita más detalle. No desea más pormenor. Al principio, se levantaba un poco antes para fotografiar la cama con el cuerpo dormido del amante de turno, de espaldas, a contraluz, desnudo. Pronto se cansó de tanta concreción: tuvo la desagradable sensación de estar convirtiéndose en coleccionista. Ahora, en cambio, en cada fotografía, en cada final, hay un relato infinito que se puede contar en las noches, que todavía se le antojan muchas, de soledad.
Cuando él, quien sea, se marcha tras el ardiente
amor y el prosaico desayuno, ella tiene la peculiar costumbre de fotografíar la cama vacía. Con el tiempo, tras la separación, ha ido acumulando una pequeña colección de desenlaces. Nadie más distinguiría apenas una imagen de otra. A ella, sin embargo, la disposición de las sábanas, la situación de las almohadas, la altura de la persiana, la ausencia de manta, le permiten reconstruir, sólo parcialmente, algunas de las noches. No necesita más detalle. No desea más pormenor. Al principio, se levantaba un poco antes para fotografiar la cama con el cuerpo dormido del amante de turno, de espaldas, a contraluz, desnudo. Pronto se cansó de tanta concreción: tuvo la desagradable sensación de estar convirtiéndose en coleccionista. Ahora, en cambio, en cada fotografía, en cada final, hay un relato infinito que se puede contar en las noches, que todavía se le antojan muchas, de soledad.















