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martes, 20 de abril de 2010

FLASHBACKS

Por Carlos Rull

Cuando él, quien sea, se marcha tras el ardiente amor y el prosaico desayuno, ella tiene la peculiar costumbre de fotografíar la cama vacía. Con el tiempo, tras la separación, ha ido acumulando una pequeña colección de desenlaces. Nadie más distinguiría apenas una imagen de otra. A ella, sin embargo, la disposición de las sábanas, la situación de las almohadas, la altura de la persiana, la ausencia de manta, le permiten reconstruir, sólo parcialmente, algunas de las noches. No necesita más detalle. No desea más pormenor. Al principio, se levantaba un poco antes para fotografiar la cama con el cuerpo dormido del amante de turno, de espaldas, a contraluz, desnudo. Pronto se cansó de tanta concreción: tuvo la desagradable sensación de estar convirtiéndose en coleccionista. Ahora, en cambio, en cada fotografía, en cada final, hay un relato infinito que se puede contar en las noches, que todavía se le antojan muchas, de soledad.

martes, 22 de diciembre de 2009

Que van a dar a la mar.

Por Carlos Rull

De un tiempo a esta parte siente un vacío que nada logra llegar. En ocasiones es una repentina inundación de inexplicable melaconlía; en otras, un violento torrente de irrefrenable angustia; en algunas, tan sólo una leve llovizna de congoja. Ha reflexionado larga y pormenorizadamente sobre las causas de tales estados de pesadumbre pero no halla motivo en su bien ordenada y abrigada vida para sentir tal desazón. Y sin embargo, a menudo se ve a sí mismo sumergido en un caudaloso río de inmotivada aflicción, empantanado en infundados sinsabores, ahogado por una enorme y gélida ola de extravío.

Tras leer varios libros y revistas de autoayuda, pensó que hallar una afición constructiva y creativa llenaría ese frío y húmedo agujero o, cuando menos, aliviaría su sufrimiento. Así que se apuntó, sucesivamente, a cursos de fotografía, tai chi, yoga, carpintería, cocina, bailes de salón; incluso jugó y ganó una liga con el equipo de fútbol sala del bar Los Amigos. Cada enero y septiembre se acercaba al quiosco de la esquina y comenzaba puntualmente colecciones que nunca acababa: soldaditos de la Guerra de los Cien Años, jarroncitos de porcelana china, relojes ingleses del siglo XVIII, muñecas francesas del XIX, miniaturas de bólidos italianos del XX, la serie completa de "Jackie y Nuca", cursos de inglés, francés, alemán,... Pero nada funciona. Nada canaliza esta fatigosa angustia, nada seca el mar de zozobra en que navega. No hay acueducto alguno hacia la paz, no hay descanso entre las olas, no hay cobijo ante la tempestad.

El primer día de invierno pasea por la playa, a la orilla del mar. El sonido de las olas en la playa solitaria le proporciona siempre cierta calma. De súbito, sin pensarlo, se quita el abrigo, las botas, el jersey, y se lanza al agua. Está helada, pero él corre hacia las olas, las salta, se arroja y bracea, nada, nada hasta la extenuación y aún más, y mientras nada llora, y sus lágrimas, por fin, van licuando el frío guijarro que le atormentaba, y siente si no la plenitud sí algo muy parecido al consuelo, tal vez incluso a la paz. Y oye la llamada del agua y se abandona y se encomienda cuando la fatiga agarrota sus extremidades. Y en la última inhalación, antes de dejarse llevar por el amorosa y gélido abrazo del mar, siente que al fin el vacío se ha marchado.


De la foto: http://api.ning.com/files/LWw0InctTwmB1fpGpLs-B2iEzEWX3zd4OAQMjrMZycUlIzGy03pp9LY5VEIil9ae10qEE4cUPBeE-xUrDhlgq0u9aeiQR-on/Mar.jpg

miércoles, 25 de marzo de 2009

Juegos


Por José G. Obrero


El universo es una calle sin asfalto,
una colina con forma de nubes,
una luz suave que engendra
polvo dorado.
Los niños respiramos ese polvo
que alimenta más que la merienda.
Mi hermano juega a fútbol como Schuster
y yo levanto diques diminutos
que frenan la riada.
Silvia tiene una sonrisa morena
que se cuela por mis dientes de leche
y mi corazón salta a la comba,
brinca y se encabrita
como una bicicleta de cross.
Las personas mayores
bajan sus sillas desde el ático
para exhibir sus brazos de cal y campo,
para pintar la calle de acentos afilados
en patios de vecinos.
Cuando el sol se come el lomo de Montjuïc,
Santa Coloma se llena de hombres cansados,
oscuros como un ladrido
y los niños jugamos ajenos a sus nostalgias
a todo lo que ocultan en cajas
de herramientas.

La calle es ahora
polvo dorado que cesa con la noche.

Eres pequeño, universo canalla como un tango,
triste universo salpicado de piedras
y de hormigas,
entorno al que hoy gravito
con el mar engastado entre las cejas.