lunes, 31 de agosto de 2009

Escalera de color


Por Ester Astudillo


Tú lo tienes fácil,
tinte del duelo,
agujero del pesar,
pozo que atrae
y retiene
la pléyade
de quanta y hercios
y aun así
eres siempre el mismo,
sin esfuerzo, sin conciencia,
sin hondura ni matices.

Y tú, su antítesis,
huérfano también
de recodos y simas,
brillo refulgente,
epítome de la ausencia
en la retina,
incorruptible, noble,
tú eres
la arquitectura del aire.

En mi carta de colores
yo soy ora tú
al 30%,
ora al 45
el otro tú ,
siempre adúltera,
bastarda siempre,
rastreando la inmutable
esencia de lo absoluto
en ti, gruta noctámbula,
en ti, vientre de luna,
en busca de lo inefable,
del píxel en el ojo.


Mi agradecimiento a Carlos Marzal
en concepto de préstamo de su
título La arquitectura del aire (2007),
y por supuesto, a mis krds José
y Carso, por mi licencioso
uso del título de su precioso
blog de imágenes. Gracias, compis!!!

viernes, 28 de agosto de 2009

Cojeando por el laberinto



Se despertó con una buena resaca de sueños y entumecida comprobó, que realmente duelen. Recordaba perfectamente sus desventuras de estrella coja mientras parpadeaba intermitentemente y se apoyaba, como una mutilada de guerra interestelar, en los bordes de los caminos de nubes, renqueando y derramando fugaces lágrimas de San Lorenzo.

La tierra, madre al fin y al cabo, trataba de consolarla en la distancia quitando gravedad al asunto y evitando atraerla con sus deseados mimos, para que no tuviera que pisar suelo firme y tropezara, aunque fuera en sueños, con barreras arquitectónicas planetarias.

Toda la onírica aventura comenzó así:

Manuela, la estrella coja, cojeaba de sueños de conquista y quería viajar más allá de las tierras de la estrella Arturo y su cohorte iluminada de la tabla redonda. Deseaba firmemente internarse por esos laberintos terrenales, por los que antes retozaron las Pléyades y disfrutar tomando el sol en las playas Atlántidas, para adquirir un bonito bronceado de sueños.

En su delirio minusválido, pensaba que podría establecerse como pionera y arar a la pata coja surcos de nuevas luces, para llenarlos después con partículas de Dios y hacer brotar por inseminación natural criaturas iluminadas.
.
Hizo el equipaje con luz de luna y, concienzudamente, fue empaquetando sus pertenencias sin olvidar su rebeca de puntos de luz, por si hacía frío, su adaptado bañador de mareas lunáticas y su etéreo camisón de día.

En cuanto amaneció, para no despedirse de sus colegas de borracheras de luz, cogió su patinete de nubes tuneao de héroes míticos y se lanzó a sol abierto deslizándose por sus fogosos tentáculos.

Aunque le dolía la cicatriz con los cambios de tiempo y los malos humos comenzaban a llenar de picajosos grises sus astronómicas articulaciones, continúo sin una queja moviéndose con ansia empujada por esa atracción fatal.

Cuando sintió que le fallaba el aliento y el cambio de altitud le bajo la tensión, dejándole sin apenas energías, cayó al mar y se aferró a su patinete hecha una bombilla desmochada, mientras probaba su primer “acuarius” marino.

Anduvo vagabundeando un buen rato, limpiándose de rastros y restos de polvos cósmicos, hasta que divisó la orilla y decidió aproximarse .El panorama le desorientó y tuvo que aclimatar sus ojos a los nuevos y estridentes colores del paisaje, sus oídos a esas extrañas músicas que, en el mejor de los casos, le recordaban a los ronquidos del planeta Tierra cuando andaba muy cansada de ser pisoteada o a la fogosa Venus cuando le apretaba el celo primaveral.

Angustiada se sintió atrapada en ese laberinto de colores y formas, que su mentalidad fractal no era capaz de discernir. Encima, algo imperceptible le obligaba a quedar pegada a unas ásperas y bajas nubes, que le dolían por todo su cuerpo celeste y la dejaban completamente inmóvil en contra de su voluntad.

Por si sus miedos fueran pocos, espantada vio venir hacía ella un esmirriado cometa totalmente oscurecido y con una pequeñísima cola que se movía sin cesar. Cuando lo tuvo más cerca, le tranquilizó su parecido con los ángeles y observó enternecida que era manco de las dos alas.

Al momento recordó las leyendas que le contaba la Osa Mayor, para entretenerla en las largas noches de luna nueva, sobre esa temible especie que, mientras crecía, no sabía volar y que era la culpable de que la luna, siempre estuviera tan atareada ayudándoles a aprender el alfabeto de silencios que ellos, los humanos, llamaban poesía.

El extraño ángel cada vez se aproximaba más y….,Manuela cerró los ojos y al hacerse noche: despertó. A su lado andaba la luna meciéndola cariñosamente y su ángel favorito le vendaba la pata coja con sus alas y se la lamía entre bálsamos de sonrisas.

Aliviada comprendió, que todo había sido una soleada pesadilla terrenal y se acurrucó mimosa entre los brazos de Catalina.

jueves, 27 de agosto de 2009

Verano


Por Raquel Casas


La niña se fumó un cigarrillo después de enterrar el gato. Sus amigas la miraban extrañadas y un poco asombradas por la sangre fría que había demostrado al recoger el gato del suelo con sus bracitos. Ninguna de ellas de atrevía a tocarlo, quizá sólo un poco con la punta del pie para comprobar que efectivamente estaba tieso.
Eran las doce del mediodía y las cuatro niñas paseaban los últimos días de vacaciones por el campo. Hacía calor y ninguna hablaba mucho. Vamos hasta el río a refrescarnos, sugirió una y cuando ya llegaban vieron una mancha oscura apoyada en un árbol. Las cuatro se acercaron lentamente y enseguida advirtieron que era un animalito. Hasta que no estuvieron junto a él no se dieron cuenta de que estaba muerto.
¿Está muerto?, preguntó una. Y la niña que escondía un cigarrillo robado en el bolsillo del vestido blanco se agachó, le puso una mano sobre el vientre hinchado y dijo que sí. ¿Qué le habrá ocurrido?, preguntó otra. Se habrá caído del árbol, pensó una en voz alta. Las cuatro miraron a la vez hacia arriba; era un árbol muy alto. Se quedaron pensativas unos minutos, no sabían qué hacer con él. Entonces, la niña del cigarrillo dijo tenemos que enterrarlo. Todas pusieron cara de asco porque el gato estaba rígido y algunos insectos recorrían su cuerpo. Pero ella lo cogió y lo estrechó sin importarle lo más mínimo su tacto de piedra.
Siguieron hasta el río y cerca de la orilla se pusieron a cavar ocho manos pequeñas. Dejaron el gato dentro con unas flores sobre su cabeza y empezaron a echarle tierra. Cuando terminaron clavaron dos palos en forma de cruz sobre la tierra removida y una piedra encima para que no se volaran con el viento. Con las manos sucias, la niña sacó un cigarrillo y cerillas. No era la primera vez que la veían fumar. Lo encendió y dijo ya está.


**

miércoles, 26 de agosto de 2009

Límites

Por José G. Obrero

Tienes razón,
ha ensanchado mis límites
hacia un lado y hacia el otro:
globo aerostático que se pierde
más allá de la luz,
enclenque batiscafo que dormita
más allá del oxígeno.
Pero también es cierto
que soy elástico
como unos pantalones deportivos
y retorno a mi núcleo
(algo más huero).

lunes, 24 de agosto de 2009

Maternidades: la otra orilla (y II)



Por Ester Astudillo

MUY IMPORTANTE: Contenido no apto para lectores núbiles, en estado de (co-)gestación, o bien incursos en el periodo deliberativo/desiderativo previo a dicho estado. Por favor, absténganse quienes se encuentren en cualquiera de los citados colectivos: quien avisa no es traidor(a).


Hospital de Sant Joan de Déu (Barcelona), edificio de maternidad, un día cualquiera del año 9 del tercer milenio de la era cristiana

Todas estas mujeres, con sus vientres colosales, alzando al cielo el ojo único que corona su postura evasiva del decúbito supino, más el enjambre de perritos falderos que extrañamente resultan ser sus compañeros, los solícitos esposos en sus diversas formas jurídicas, bobamente enamorados de un ser en cuya existencia creen a pies juntillas sin haberla constatado ostensiblemente aún –salvo mediante las técnicas DxI, aunque dudo que ese tipo de percepción se deba calificar propiamente de ‘ostensible’-; en cualquier caso puedo presuponer que se trata de los pater putatibus, que deambulantes o sedentes, rezuman agasajo hacia sus willendorfianas Venus, o mejor, hacia los cuerpos de sus Venus, crisálida y mausoleo a la vez de la estirpe propia y a quien cabe venerar aunque sólo sea por su labor porteadora. Todas esas mujeres y esos hombres, decía, me producen, a mí que no me incluyo en su bando, una insondable tristesse: impacientes en sus asientos se pasan una a otro, como si les quemara en la piel su contacto, la carpeta naranja o verde o azul, que alberga informes, ecos y papeles de colores tan dulces como torpes, mientras, en un gesto de inmensa, solícita caballerosidad cualquiera de ellos desliza una mano en el regazo de su Beatriz prendiendo la de ella, bajo la mirada insoslayable del ojo ciclópeo escasos centímetros por encima.

Hay cierto infantilismo en el optimismo confiado de esos gestos, en la esperanza depositada a priori sobre la tríada más antigua y más venenosa -¡oh, Sófocles, cuán certera la enjundia de tus dardos!-; rectifico, es puerilidad, es perversa e ingenua ceguera: la delectación por la vida, el embelesamiento del pater putatibus por su amada, reducida en tal embarazoso estado a poco más que la urna que, como macho y padre en potencia, debe preservar íntegra hasta que expulse la codiciada luciérnaga de carne.

Se apresura el caballero a incorporarse cuando su dama muestra una urgencia cualquiera, la acompaña al servicio si es menester, relegado como está a un muy segundo plano en ese trance, anticipando el goce de complacerla. Le ofrece presto el brazo como sostén en su desfile del lujo corpóreo (sea cual sea mañana la deriva del mundo, dos siempre será el doble de uno). Mas si horadamos esa extrema solicitud descubriremos que la dadivosidad del macho esconde una vergonzosa súplica de complicidad -¡oh el primer PP de la era judeocristiana!, ¡oh Freud!- a su engrosada Gea: sólo entregándose con ella al vínculo protector –o a la ilusión de tal- y obteniendo su amorosa reciprocidad conseguirá el macho ahuyentar la inquietante, la insoportable comezón, que por supuesto obvia transliterar a palabras, de ignorar si el ser de arribada inminente lleva a ciencia cierta su propio ADN. Y Gea luce su exceso a sabiendas de que tiene los días contados, sólo hasta el momento de desgajarse en dos, su poder absoluto siempre extinguido por la democrática zozobra del parto, ¡esa partida infinita!, y el principio de la interminable separación que, no siempre, ¡loado sea dios!, no siempre es un duelo.

No las envidio. Y no se lleve el lector a engaño: no escribo con el resentimiento de quien está condenada a habitar del otro lado. Veo ese amasijo de figuras desorbitadas, perdidas literalmente en un paraje que aún no han transitado y que sobrevaloran con total irracionalidad, y me apiado de ellas desde la perspectiva que otorga la orilla de enfrente, bien que habiendo conocido antes el fragor de la batalla. Me producen una cierta lástima: no puedo evitar una sonrisa condescendiente cuando observo sus caras sudorosas de hembras a punto de enzarzarse en un duelo a muerte por la vida, expectantes, agradeciendo por anticipado el dolor brutal y la sangre que las iniciará en un tránsito del que no se apearán nunca. ¡Las sé tan engañadas por las expectativas al uso, tan ansiosas por su tragicómico estreno!

Y de la mano de la primeriza –lo lamento, como fórmula de bienvenida yo sólo puedo ofrecer la consabida de F. Sagan, Bonjour, tristesse-, digo que de su mano o a sus pies, pero en todo caso ridículamente próximo y sumiso, el perrito faldero engendrador, la verdadera –o cuanto menos, putativa- raison d’être del embrollo origen de todo, en su indigna y desnuda –metafóricamente, entendámonos-, otrora épica, ahora sólo pírrica, fláccida virilidad.

viernes, 21 de agosto de 2009

LA DONA NÎMES





Per Mercè Mestre




Les pedres circulars amaguen
secrets ben guardats:
colors, nits, murmuris.


La Inquieta no dorm.
Belluga les ales, arrossega la capa.
Projecta la seva ombra càlida en el cel.


A les cinc es desperta. A la sorra.
Apaivaga la set amb licor sagrat.
Espera en el centre el moment precís, l’únic.
Dreta, arpada, tensa, sola.


Amb un crit convoca l’infern.
Amaga l’espasa.
Toreja amb herbes de llum.
El sol perfila el monstre,
pura dansa enemiga.


La sang desemboca en línia recta.
Les flors dels vestits
crispen la tarda bellíssima.


Amb un breu gest, circular i elegant,
la lluna remata la mort.





jueves, 20 de agosto de 2009

Maternidades: la otra orilla (I/II)

Por Ester Astudillo

Para M, mi benjamín

Quiero ser un montón de mí
MARTÍ PRADAS

Matemáticas

‘Quiero ser un montón de mí’
dices con tu piquito de oro.
Pequeño revuelo en la mesa.

Sin saberlo eres ya un poeta
aunque tu torpe deseo no oculte
una vasta ignorancia de todo.

Yo, en cambio, quiero ser
una sola
y no me encuentro.

Que el mundo y la caída
de los días opacos
no turben tus querencias,
no las disloquen.
Tuvimos ya a Dolly
y me disgustaría verte
correr suerte igual.

Investiga, mejor,
si en el cuarto atrancado
tus padres follan
o hacen el amor.

Para A, mi primogénito
0, Rh +

Si vas a salir,
cierra suave
la puerta.
No con doble vuelta,
ya sabes,
sólo la dulzura
del ‘clic’
cuando la hoja
encaje al abrigo
en su lecho
de guante.

Así ambos seremos
libres de regresar
y mecernos en
los paraísos que urdimos
con nuestros nombres.
Tú a tu lar de ultratumba,
poblada de zombies
que incuban tu alma;
yo a mi palacio
de nubes y estrellas
habitado por nadie
hasta que tú llegaste.

Y si un caballero
arribara
clamando
en pos de una flor
tu corazón deforme,
desde mi orilla
antigua y también
eviscerada
reservaré un rumor
de sangre
para volver a
ponerte de pie,
anudar olvidados
atajos,
susurrarte ‘perdón’,
enseñarte a lanzar
piedras con furia
y vibrar
con las ondas rebeldes
del agua fresca
en el estanque.

Por eso, amor mío,
si vas a salir,
no te conformes
antes del ‘clic’
que nos salve.


miércoles, 19 de agosto de 2009

Nadar

Por José G. Obrero

Nadar.
Cruzarte las orillas,
sumergirme en tu copa
anidar en tu espalda.
Beber nadando
inflando los pulmones
para abrirte el camino
en esta gruta
que el miedo desafía.
Vencer el frío
nadarte en pleno invierno.
Nadar sin nada
con la sed en los párpados.
Ahogarse de sed
en medio de la lluvia.
Beberte brazo a brazo,
flotar sobre tu filo,
tragarme tus temblores.
Temblar, nadar
ser el agua que nada
agua que bebe
que cruza tus orillas.

lunes, 17 de agosto de 2009

Lo raro es nacer



Para Sergi(o), la nota discordante en este blog de extraviados humanistas:
para que sostenga su carrera tras la díscola mariposa
sin llegar a alcanzarla nunca









Por Ester Astudillo





Lo difícil es vivir
PABLO NERUDA

Lo raro es vivir

CARMEN MARTÍN GAITE








Permítanme disentir
mis dos extintos, augustos
predecesores.

Aunque hay una congoja
que respira por sí sola
tras cada latido

Aunque el motor del mundo
en su vahído torpe sea de mariposa
sólo errante alarido

Aunque al cabo de sus breves días
apunten, pasto del pavor, ya larvas,
crisálidas, la espiral de quejido

Aun conviniendo en la verdad
de todo ello,
lo insoportable,
lo superlativamente abyecto,
el súmmum de la paradoja
en las turbulentas leyes del caos
es para uno mismo
llegar a haber nacido.

Y en segundo lugar de rareza,
allende lo predecible,
sitúen los poetas
seguir viviendo.






jueves, 13 de agosto de 2009

El silencio


Por Raquel Casas


Se detuvieron ante un cuadro de Rothko, aquel que les parecía un dibujo fiel y exacto del silencio.
- Mira, el silencio –dijo L una tarde de lluvia cuando las dos, aburridas, miraban libros de pinturas y viejas películas súper 8 de cuando eran pequeñas.
Y ahora estaban en el museo ante el silencio, su silencio, aunque en realidad ambas sabían que el cuadro no se titulaba así.
- Parece distinto –señala M- Creo que le falta algo… En nuestro libro de láminas tenía algo más, ¿no te acuerdas?
L no recordaba ningún otro detalle, sin embargo de repente se acordó de adónde fue a parar aquella página del libro.
- L, creo que lo que echas de menos es a He-Man.
- ¿He-Man?
- Sí, sí; el silencio acabó convirtiéndose en una hermosa capa de boda para He-Man. Lo casamos con la Barbie Superstar.
- Oh, es posible, sí, sí. Yo de pequeña quería ser un máster del universo, lo quise ser durante varios años. Pero en la escuela las monjas siempre me castigaban cuando decía eso y me mandaban a confesar, parece ser que era pecado mortal. Vaya, no me acordaba de la capa que confeccionamos.
L y M se quedaron de nuevo en silencio observando El Silencio y recordando.
Unos minutos más tarde M dijo “ya sé que le falta”, se pintó bien los labios, avanzó unos pasos y beso con fuerza el cuadro.
Justo en el centro, sobre la línea que separa los dos colores, quedó marcada su boca roja.
L le dijo “tenías razón, le faltaba eso; ahora sí que es nuestro silencio. Aunque una esquina debería estar mojada. Llovía el día que enterramos al gato”.


**

miércoles, 12 de agosto de 2009

¿Por qué se casan los hombres? (El mundo perdido: I parte)


Hace unos días estuve de visita en casa de mi tía Teresa y me reencontré con mis añoradas lecturas de infancia. Cerca de un centenar de ejemplares de la revista Selecciones del Reader´s Digest, supervivientes de la subscripción a la que fue fiel mi abuelo entre 1956 y 1980.
El hecho es que al comentarselo a mi psicólogo este creyó haber encontrado el origen de mis problemas ¡en general!
Iré volcando algunos artículos para ver si consigo soltar un poco de lastre. Mi dispiace.
¿Por qué se casan los hombres? Por James Lincoln Collier (diciembre 1966)
"Se ha dicho siempre que, en el matrimonio, es el hombre el que renuncia a más cosas. Y creo que es verdad. Cuando una mujer se casa, el hogar, los hijos y el marido se convierten en lo más importante de su vida. Sin embargo, para el hombre, su carrera, su trabajo, su intelingencia, están antes que nada.
Una vez casada, la mujer comienza a vivir de verdad. Ha logrado, por fin, aquello que anhelaba desde que comprendió la diferencia entre un hombre y una mujer. Ese mismo momento llega a la existencia del hombre, pero no cuando contrae matrimonio, sino al dar esa primera clase, al tomar esa primera decisión en los negocios.
Por eso, lo que nos irrita, lo que en ocasiones nos vuelve hombres resentidos y nos hace añorar nuestros buenos ratos de soltero, es la manera en que el matrimonio incide en nuestra manera de ser. Nos crea una serie de obligaciones que a veces son un engorro. Nos puede obligar, por ejemplo, a modificar el horario de trabajo de una semana entera a fin de que podamos llevar a nuestra esposa a comer fuera y después al teatro, sin otra razón que la de que ella se divierta. A menudo nos vemos obligados a terminar con prisas cualquier reunión de negocios, rechazando el agradable aperitivo que pudiera haber al final, simplemente porque habíamos prometido estar en casa a la hora de cenar.
(...) Sin embargo, la sorprendente verdades que, a lo largo de la historia, la mayor parte de los hombres no sólo se han casado, sino que han permanecido casados.
Es obvio que los hombres deben obtener del matrimonio alguna cosa que les compense suficientemente de las restricciones que éste le impone. En realidad, ese algo debe de ser mucho. Y en verdad que lo obtienen.
Para hablar sin rodeos, lo que ante todo obtienen es la regulación de su vida sexual. El noventa por ciento de lo que se dice sobe la promiscuidad masculina es falso. La constante búsqueda de compañera impone al hombre soltero una tarea aburrida y pesada.Las jóvenes bien parecidas y complacientes abundan más en las novelas que en la vidad real. El célibe puede pasarse horas y horas, horas tristes a menudo, llamando a teléfonos sacados de su pequeña agenda negra para acordar citas de apariencia seductora que no llevan a ninguna parte. o bien, en el mejor de los casos, a insignificantes amoríos que terminan en lágrimas y amargura."

lunes, 10 de agosto de 2009

El cuerpo


Dedicado a S,
con nostalgia y (quizás incluso) sin rencor,
después de tantas capas de sepultado olvido


Por Ester Astudillo

Conocí a S por azares de la vida que no voy a relatar por irrelevantes. La cuestión es que quiso el destino que S y yo compartiéramos entorno vital, nevera, yogures caducados e incluso habitación, amén de otras muchas y diversas penalidades, así que tuvimos el incierto placer de desarrollar sin quererlo un roce bastante íntimo.

S no era ninguna belleza. Menuda hasta la exageración, bajita, la cabeza enteramente redonda y coronada de voluminosos e impertinentes rizos, y una cara de luna llena, plana y lechosa, que hacía más destacable la boca desmesurada por donde asomaban al reír dos incisivos enormes y demasiado separados, y su nariz de payaso, chata como la de una antillana de color y rematada en un bulbo carnoso y diríase que descolorido.

Su figura tampoco era notable. Excesivamente delgada y pálida, piernas ligeramente arqueadas en inclinación caballuna, la formal languidez de sus miembros contrastaba con su movilidad, la inquietud de un cuerpo joven, casi infantil a sus 20 primaveras, a menudo risueño, juguetón, con un inconfundible ceceo nada más abrir la boca que se convirtió en verdadera marca de la casa.

No me enamoré de S. No es ése el caso. Y sin embargo, algo sí murió en mi interior al hilo de nuestra forzada intimidad. Hasta mucho después de que ésta se interrumpiera definitivamente, no pude nombrar el vertiginoso abismo al que S me obligó a asomarme.

Y es que S vivía a gusto en su cuerpo, así de sencillo y así de paradójico. Se dejaba existir pletórica hasta sus lindes sin pretender traspasar los confines que la vaina natural de su piel había trazado para ella, sin querer estallar, y al mismo tiempo tampoco buscaba reducir sus ya de por sí mínimas dimensiones. Se hallaba insuperablemente cómoda habitando el espacio exacto delimitado por sus costuras.

Vivir, respirar, alimentarse, digerir, exudar, excretar, eran funciones connaturales y puras en ella, que aunque la incubaban no la envilecían; las realizaba sin ningún esfuerzo, indoloramente, sin histrionismos, tragedias ni heroicidades. Todo devenía de manera sorprendentemente fácil en el interior de aquella cavidad diminuta y animalmente beatífica que ocupaban sus vísceras y humores. En los años que convivimos, no recuerdo haberla visto jamás aquejada de ningún repentino mal, virus o desfallecimiento corporal ni anímico.

Yo era presa de una turbación y un desconcierto constantes, más aun cuanto no podía nombrar la causa de mi estupor. En más de una ocasión me sorprendí a mí misma hurgando en el cajón de su ropa interior en pos de una pista que me permitiera comprender, prendas que en mi aturdimiento juzgaba superfluaa: un cuerpo tan autorregulado, tan perfectamente contenido en sí mismo, ¿requería sujeción alguna? Un organismo tan angelical y exquisitamente puro, eximido de la culpa de la sierpe, bendito con la gracia de la inconsciencia, necesariamente debía poder prescindir de los protocolos de higienización habituales para el resto de mortales. Y sin embargo allí estaban, intactas y alineadas como piras antes de prender, sus minúsculas prendas íntimas.

Sostuve algunas en mis manos, impecablemente blancas, trajinadas y lavadas por mamá el fin de semana, sin sorpresas, sin secretos ni dobleces, porque el cuerpo virginal de S se correspondía con una silenciosa alma sin recodos o simas. Con melancólica incredulidad y sin rastro del deseado entendimiento, dejé resbalar la vista sobre las discretas, modosas telas de la lencería juvenil de los ochenta, carentes de guiños provocativos y de todo intento de ocultación, absueltas de la perversión que nace de la malicia, la sospecha y la duda. Exactamente como S: transparente, inocente y delicadamente armoniosa en su prodigioso y conforme existir hasta resultar insultante, obscena. Sencillamente insoportable.

Supe que S fue madre unos pocos años atrás, de modo que a la fuerza tuvo que despojarse de esa pátina de impermeable santidad a la que algún lustro después conseguí poner nombre. Su cuerpo se combaría como el de cualquier mujer que se haya ayuntado y haya concebido, invadiría siniestramente un espacio del mundo que no le correspondía, se vestiría ropas amplias que dieran cabida a su exceso. Su piel tuvo que agrietarse y ceder, y sin duda requirió nuevas suturas para contener el monstruoso abultamiento que durante nueve meses la parasitó, librándola con suerte de la virginal aura de bienestar y blanda aceptación que se me antojara tan desconcertante. Tal vez con el tiempo conociera la perplejidad, la necesidad, la incertidumbre, el deseo, el dolor.

Lamentablemente, hace décadas que S y yo ya no compartimos espacios, de modo que me es imposible verificar si ese hipotético nuevo estado de iluminación y su estatus de madre se han visto acompañados por cambio alguno en el estilo de la ropa interior que ahora use habitualmente.


domingo, 9 de agosto de 2009

PENTIUM IV a 3,2 Ghz

Es gris con gesto sobrio, casi triste,
y un manojo de cables rellenan sus entrañas.
Consigue procesar
más de un billón de datos por segundo,
me muestra las imágenes
con treinta y dos millones de colores,
averigua con gran exactitud
el valor decimal
de la raíz cuadrada de catorce
y es capaz de grabar en su memoria
el nombre que poseen las estrellas
de todo el universo.

En cambio, no se inmuta
al llegar el otoño. No padece
con el hambre o las guerras.

No llora cuando parte un ser querido.




viernes, 7 de agosto de 2009

LA DONA JARDÍ DE LES DELÍCIES





Per Mercè Mestre



La porta La porta La porta La porta La porta La porta

era cada cop més petita fins que va desaparèixer





Quan et van contractar
com a cuinera de la secta
no vas llegir la sisena clàusula.


Tot era tan estranyament fàcil
que no et va passar pel cap
la possibilitat de l’engany.


Era un matí lleuger, violeta,
gairebé líquid,
d’una serenitat sospitosa.


Ells et miraven somrient
amb pèrfida naturalitat
de figurants professionals.


Només vas captar el gest
d’una mà, entre moltes,
que et va inquietar sobtadament.


Però vas descartar aquell signe.
Sempre hi ha un infeliç,
un inconformista, un desterrat.


Allò no tenia cap mena d’importància.
Formava part del paisatge,
s’integrava perfectament en l’escena.


Dos fils càlids i melosos
van baixar del cel
des d’una cúpula estrellada.


I, amb precisió matemàtica,
et van embolicar la cintura.
Quina sensació de pau, déu meu!


L’endemà vas començar.
Els teus companys t’explicaven
ingredients i barreges secretes.


La cuina estava dividida en tres parts:
la dels principiants, la dels experts
i la cambra dels il·luminats.


Tu treballaves en la primera
i no tenies accés a les altres dues.
Era natural perquè acabaves d’arribar.


Hi havia molta llum i tot semblava nou,
com una mena de laboratori paradisíac
on es consagraven els plats.


Els experts i els il·luminats
hi accedien per una altra porta
pronunciant la contrasenya.


Això tampoc no et va estranyar
perquè els secrets d’una cuina
són l’alfa i l’omega, el Sant Grial.


Tot anava bé fins que un del experts
va perdre dos dits de la mà dreta
en la trituradora de carn.


I, al cap de sis dies, et van aplicar,
sense escrúpols, la sisena clàusula,
per la qual t’ordenaven sacerdotessa.


Et van esmolar les ungles i el cor
per poder fer alta cuina de cervell.
Et van rapar la voluntat al zero.


I, sis mesos després, ja amb ales,
et van revelar les paraules secretes
per entrar a la cambra dels il·luminats.


Ara saps que la contrasenya
nómes serveix per entrar, Lucifer meu!
I que l’Infern no té més portes.









jueves, 6 de agosto de 2009

Quinto mandamiento



Por Ester Astudillo


Para R, con amor






He matado:
la híbrida luz prendida
en el regazo de nadie;
el salitre picudo,
la fiereza ausente
de mis días parvos;
impostados pronombres
en primera persona
plural conjugados.

He matado:
la papila osada,
periférica,
que en silencio me diera,
cuando nada era todo,
el dulce sabor nacarado;
el peso del grana impróspero,
desleído y viejo,
trepando atrevido
en mis pies desmayados;
el olor de la noche
aguerrida, espesa,
húmeda de caer tanto.

Mataré
a su debido tiempo:
el roto iluso
en la cortina de plomo,
fútil panóptico,
al aullar un nombre primario;
el cuerpo enjuto y sangriento
del origen del mundo arribado
sobre olas de humores
salobres, impuros;
ciento y un arcanos
vulgares ritos de paso.

Y aun así,
temblor entre tal
desmañada deriva,
aun así yo te espero,
accésit en la coda
de una vida insospechada:
tibio tizón de amor,
latido occipital,
ápice de sentido
eléctrico
elíptico
etérico
erótico
errático.

Aún, aún yo te espero.



miércoles, 5 de agosto de 2009

Lluvia







Por José G. Obrero


Tienes miedo a la lluvia:
te escondes en los pórticos,
en medio del desierto,
jadeando en peajes.
Pero la lluvia insiste:
azota las ventanas
lame cartílagos,
deshace las aceras.
Y si la niegas…
te cubrirá la sombra
y basta un parpadeo
para extender su manto.

(Si al menos esos ojos
no fuesen un punzón
en medio de la celda)

La sombra tiene fauces
tú has sentido su aliento.
El otoño pasado
te secó las arterias,
ya no tuviste lágrimas
con que matar la tarde.
Que te alcance la lluvia,
que te parta la cara gota a gota,
que te ampute temblores
que seas sólo un tronco
reptando por las calles,
que te sorprenda el día
con el cuerpo crecido
junto a un árbol.

martes, 4 de agosto de 2009

El eco en las paredes


“La patria por la tapia”


“Visca la terra lliure de nazionalismes”


“Eutanasia preventiva para Bush”


“Burocracia o aparheid”
(Oficina de extranjería)


En la imagen: "Me preocupa tanto la congelacion salarial"

lunes, 3 de agosto de 2009

Paradox, contradiction, impossibility & other related phenomena / Paradojas, contradicciones, imposibilidades & demás parafenómenos




By / Por Ester Astudillo




[Espero no fer-li la guitza a ningú publicant avui, però sent que el dilluns
està lliure i que estem en ple més d'agost, m'ha semblat que podia aprofitar l'espai.
Vagin per davant les meves excuses si he aixafat la guitarra d'algú.]






When I was a student
At the MIT
I was once caught off guard
And asked to elaborate ad-lib
On the literary figure of the oxymoron
Relating it, references unneeded,
To other current philosophical
And literary figures and definitions.

Here’s what I said:

“For every assertion
There someplace hides
its exact opposite,
Ornate or plain,
And equally true, too.

Take, for instance,
Existing is something
Just happening around.

I once looked at a photograph
Of a girl. I was taken aback by her
Impossible side-ways glance,
Overly oblivious to herself,
And the inaudible shriek
In her eyes,
Seemingly searching to comprehend
The porcelain she was fondling.

Comprehend is clearly an understatement,
She wanted to drill into it
And shelter in the cave
Wherein she had lodged in the past,
The sainted, 100% guaranteed
Cavity whence everything followed.

Be a refugee after all,
War only a minor side matter.

She would suffocate without a doubt,
Die of overgrowth and spent oxygen
Amidst the rosy embroidery
Of a torn uterus,
Compliant even in that predicament.
She would not need to part, though.
Needless to sever what once belonged together,
Was perfectly one, complete and beautifully unique
In its bulbous fleshy mingling.

Life was definitely always in her way.”

To my surprise, I got an A+
In “Critical Analysis of 20th Century Literature”
So luckily the following year
I could enrol on Scienceology and Religion,
My unfortunate first try when I had entered college.




* * *




Cuando estudiaba en el MIT
una vez me cogieron desprevenida
y me pidieron que improvisara
una breve intervención
sobre la figura retórica del ‘oxímoron’,
relacionándola con otros
conceptos filosóficos y literarios
todavía al uso (referencias
bibliográficas innecesarias).

Aquí está lo que dije:

“Para toda aseveración
existe siempre, en algún lugar,
cóncavo o convexo,
su anverso exacto,
y ambos son igualmente veraces.

Por ejemplo, tomemos la frase
La existencia es algo
que sólo ocurre alrededor.

Hace tiempo, absorta en la fotografía
de una niña, me conmovió su mirada,
clavada de reojo en un ángulo imposible,
olvidada de sí misma,
y el aullido inaudible de sus pupilas,
que semejaban buscar comprender
la figurilla que sus manos acogían.

Comprender es poco,
querían taladrarla y tomar asiento en la cueva
que habitara un día,
la santificada, garantizada cavidad
de donde partió todo.

Ser una refugiada, en definitiva,
aunque el tema de la guerra
no fuera pertinente.

Sin duda se ahogaría,
moriría absurdamente desproporcionada
a falta de oxígeno,
envuelta en el bermellón,
labrado útero roto,
complaciente incluso en tal tesitura.
No habría necesidad de partir.
Innecesario desgajar lo que estuvo unido,
fue uno, íntegro y exquisitamente completo
en bulbosa y carnal mezcolanza.

La vida siempre se le interpuso.”

Para mi gran sorpresa, saqué una MdH
en “Análisis crítico de la literatura inglesa del s. XX”,
así que por suerte, al curso siguiente
me pude matricular en Religión y cienciología,
mi frustrada primera opción
cuando accedí a la universidad.


domingo, 2 de agosto de 2009

Vida de perros. (un viaje a la playa)

Por Rufino Pérez


Éste es el título de un pequeño librito, uno de esos de bolsillo, que se llevan a la playa para leer con descuido. Lo curioso es que vida y literatura se mezclan habitualmente. Y hoy, leyendo estos pequeños relatos que sólo tienen como lazo de unión al “personaje” del perro, pero que como trasfondo tienen toda la riqueza de matices que logra el maestro Ayala, se me ha venido a representar esa “vida de perros” a la que alude el título.

Y no por nada personal, no; la verdad es que, después de trabajar un rato con el ordenata, he decidido marcharme a la playa, a darme un baño de esos tardíos pero que, sin el sol quemando las espaldas, sientan de maravilla.

Como hoy estaba en la ciudad, he ido a la playa del Grao, que es la que tiene Castellón como playa. A pocos kilómetros se encuentra la playa de Benicassim, en la que he estado también y a la que suelo ir, pero ésa ya es de otro tipo. El caso es que esta playa del Grao tiene un tono diferente, es decir, no es un playa turística, sino más bien una playa de barrio. Y bueno, de barrio, pero digamos que ahora sería de barrio bien, porque ha sido regenerada, limpiada y acondicionada, de forma que tiene su paseo entablado de madera y adornado con un conjunto de plantas y árboles autóctonos que son una maravilla. Nada que ver con la que conocí cuando llegué a Castellón. La diferencia está sin embargo, en el ambiente. Aquí, bajo cada sombrilla, hay una población entera que vive todo el día alrededor: hamacas, sillas, toallas, nevera, bocadillos, birras, palas de los niños, flotadores y carnes sueltas que se balancean cuando se meten en el mar.

Las playas bien se despueblan a eso de las ocho y pico para dejar paso a los vestidos de verano, al maquillaje y al after sun y entonces comienza el paseo marítimo a poblarse de paseantes que ojean aquí y allá los puestos del top manta o bien del mercadillo legal que se instala cada verano. Turisteo puro, vamos. Pero, las playas no tan bien, no se despueblan hasta bien pasadas las diez, y yo diría que no se despueblan hasta la medianoche, porque siempre quedan los que se han traído mesa y mantel y cenan al fragor de las olas, beben y juegan a la baraja… Y también aquellos que toman los huecos de jardín-vegetación para plantar una pequeña tienda de campaña para los niños que entran y salen mientras las Marías y Pepes se llaman de unos a otros a voces. Y todavía más, quedan aquellos que aprovechan los bancos y mesas instalados por el Ayuntamiento para hacer su “sopar de pa i porta” en una bien avenida vecindad. Allí se habla de grúas, de andamios, de paro y de tó. Vamos, que aquello es la fiesta nocturna sin necesidad de chiringuitos de música cool, que también los hay, pero unos cuantos metros más allá, donde comienza la playa bien.

Y por qué digo todo esto, bueno, pues porque hoy el baño me ha sentado de maravilla, me he llevado pegado a la piel algo de aceite que flotaba en los últimos tramos de las olas y leyendo ese pequeño libro me he dado cuenta de que hay vidas y vidas. Y eso en unos cuantos metros, ya no te digo si sacamos un poco la cabeza y miramos a nuestro alrededor europeo, sin ir más lejos, africano, indio o polar. En fin, la vida.

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No he querido dejar la semana temática sin cierre, así que con este artículo el “dominguero1” cierra “oficialmente” temporada –los artículos que puedan aparecer en agosto serán fruto del “mono” de escritura- A Sergi le corresponde “oficialmente” iniciar septiembre, día 6 con su artículo. Toma nota compa. Y a todos, os deseo que sigáis intelectual y corporalmente vivos y disfrutando. Hasta pronto.