
POR ESTER ASTUDILLO
En un tiempo muy lejano, habitaba sobre un orbe semejante a lo que hoy conocemos como ‘planeta’ una población un tanto heterogénea de seres vivos y autopropulsados conocidos por el nombre de ‘animales’. Vivían en colonias, pequeños grupos lo más homogéneos posible cimentados alrededor de uno de sus congéneres, investido con suficiente autoridad para garantizar el buen orden y la moral convivencia de los individuos a su cargo y a quien denominaban ‘sacerdote’. A su vez, las colonias se organizaban en jerarquías superiores, que velaban por mediar en las pugnas que aparecían entre unas y otras: cuanto más arriba en la jerarquía, más heterogeneidad, y de todos es sabido que tal cosa es pájaro de mal agüero. En la cúspide de la organización, de forma triangular, como no os sorprenderá en absoluto, yacía la máxima figura arbitral: el gurú mayor, también llamado ‘pontífice’. Su dominio era, sin embargo -decían-, sólo espiritual.
































