
Por Zápiro

El empeño de las cosas
de imponer sus límites exactos
me hace superflua:
¿por qué esta obsesión por describir
el despliegue de todo cuanto ocurre
si el mundo es, fue y será mundo
sin mi vigilia?
Si acaso existir fuera imperioso,
que lo hagan esos pájaros atípicos
ojos de nombre:
su filo apunta justo al fin del término,
se ciñe éste al objeto como un guante,
performan su función sin conmoverse,
existen para ver
y a eso responden.
Yo y mi yo superfluo haremos
a cuanto exige nuestro nombre:
monosílabo trabado
que escapa de su cuna así se sabe.
Vivir yo, pues, por un instante
-primero y último-
el goce de saberme también
al mismísimo borde de lo perfecto.

(Por Sergio Belmonte)
Anochecer
con la mujer en celo
y no morir.
Abre tu cuello
y déjame que llene
de ti mis labios.
Lamo tu espalda.
Cada rincón de ti
me sabe a luna.
Mis manos muelen
tus senos como el pan
y son perfectos.
Como la luz
tu piel entre mis sábanas
se pliega y suda.
Verticalmente
va cayendo tu pubis
sobre mi sexo.
Verticalmente
va subiendo tu pubis
desde mi sexo.
Verticalmente
Va cayendo tu pubis...
Y el tiempo muere.
.

Desperté
en aquella habitación.
Fui hacia el espejo.
Comprobé que esa mujer
no seguía siendo
la misma.
El infinito
se interpuso
entre nosotras.
Tan sólo éramos
dos puntos
que se atraían.
Su figura se desdibujaba.
Me acerqué.
y su imagen se hizo
nítida.
Cargué un revólver
con los feroces recuerdos.
- ¡Cometerás un error! - Gritó
Fingí no darme cuenta.
Disparé.
El cristal hizo añicos su sien.



Por Carlos RullSi digo - solo – sólo silencio,
si urdo blancos mutismos, conciertos
sordos, afónicas melodías
sin olor ni latido ni pálpito,
si concedo mi tiempo virgen,
mis palabras aún no dichas
a la gélida ausencia,
a la lógica renuncia,
¿qué me queda?,
¿qué soy?
Me abandono al flujo mugriento
del silencio abatido,
me dejo ser no ser,
digo sólo silencio,
digo solo silencio.
Y hasta el olvido olvida olvidarme.
¡Ah!
Ya nada se comprende.
De la imagen: http://imanoltxu.blogspot.es/1220999280/silencio!!!/
Por Rufino Pérez




Hace unos días un amigo me habló del ‘Silenci dels arbres’. Su autor, Eduard Márquez, había dado una charla en un club de lectura y contrariamente a la actitud de muchos autores, no tuvo ningún problema para hablar del génesis de su novela, el germen ajeno que destapó el tintero:
“Antes de que los alemanes completasen el cerco de Leningrado, el gobierno soviético logró enviar a los Urales todas las obras de arte del Museo del Hermitage. Un guía de ese museo viejo y enfermo decidió continuar las visitas guiadas y explicar cuadros que no estaban con tal pasión y destreza que los visitantes acababan por verlos, apreciarlos y comentarlos.”
El entrecomillado lo he sacado de internet. Al parecer el germen de la novela también sirvió para fecundar una obra de teatro. La imagen de un museo vacío (¡el Hermitage!) con un guía entregado por amor a su trabajo mientras la muerte revolotea en el exterior, no es para menos.
No he visto la obra ni leído la novela. No sé si estarán a la altura del poder de evocación que tiene la anécdota real (o lo que haya de ella). Escritores como Cercas han logrado el éxito centrándose en la anécdota y desarrollando la investigación como si ésta fuera la trama en sí misma. A veces pienso que se podría escribir un libro reuniendo solamente las historias que sirvieron para poner en funcionamiento la maquinaria de fabulación de tantos escritores. ¿Qué pesadilla desveló a Sánchez Piñol para escribir ‘La pell freda’? ¿Elena Medel tuvo realmente un trauma cuando se puso su primer bikini?
En fin, tal vez este formato ya existe en un tipo de crítica literaria, pero a mí me interesaría más el relato de la anécdota, no la conexión con el autor que la hizo célebre. El libro de las historias robadas, podría llamarse.
¿Algún editor me contrata para llevar a cabo el proyecto?
To someone very dear I'd like to say:Copyright of the image Kazuya Akimoto (Sleeping Beauty in the Wood), at http://kazuya-akimoto.blogspot.com/2008/03/sleeping-beauty-in-wood-fairy-tale.html

El hombre nace,
crece,
copula en las esquinas,
en los bares de putas
y en los turbios despachos,
en consecuencia: se reproduce;
el hombre escupe yodo contra el viento,
maldice a las deidades,
se queda
solo
y escribe un libro.
Al fin,
el hombre muere
(el libro queda).
Mañana
todo será archivado por el tiempo
en los negros burdeles del olvido.
.



Por Carlos Rull
La página en blanco. Otra vez. Como cada tarde desde hace varios meses. En cuanto da cumplido término a sus obligaciones inexcusables, se encierra en el despacho dispuesto a la vana batalla con el vacío infinito de la hoja y de la imaginación. Pero esta tarde es la última: mañana tiene que entregar imperiosamente el texto a la editorial. Maldice por enésima vez el día en que se le ocurrió abrir la boquita en público para afimar que antes de final de año publicaba algo. Bocazas, boceras, facundísimo sacamuelas. Y venga a darle vueltas. Y a ver qué les digo mañana si no tengo nada escrito. Si no se me ocurre nada.
En realidad sí que ha alumbrado alguna idea e incluso ha esbozado un esquema mental de la misma. Pero ni en el más enloquecido y alucinado sueño se atrevería a manifestar por escrito lo que le ha venido rondando la cabeza durante los últimos tiempos. No puede escribir eso. No puede hacer público el infinitio hastío, el atroz desbaratamiento de los cielos, la espeluznante máscara de las piedras. Pero se ha quedada yermo de palabras, estéril de frases, árido de ocurrencias para seguir bailando el carnaval.
Finalmente, harto ya de meditar en vano, decide construir un “corta y pega” de citas ajenas. Será que no tengo donde escoger, piensa: veinte siglos dan para mucho. Y además se le acaba de ocurrir un título: De los nuevos tiempos. No puede evitar sonreir tristemente ante la ironía..
Cuando da por concluido el texto, las campanas de Roma estremecen las últimas luces del día. Es su primera encíclica.
IGOR STRAVINSKY



