
Aunque hacía taitantos años que había vivido en Madrid, sus recuerdos no le servían para nada, probablemente porque andaban movidos, valga la redundancia, por la movida madrileña y archivados con la energía de una muchacha provinciana de diecisiete años, absolutamente fascinada hasta de coger el metro en horas punta.
Salió del hotel y se encaminó hacía la plaza mayor donde la habían recomendado buenos sitios de tapeo. Allí comenzó el espectáculo de las manos tendidas pidiendo una ayudita con voces lastimeras y tirones de mangas, que deformaban algo más que su ropa y que le arrugaban el corazón.
Ella comenzó a bajar la mirada y a rebuscar en los bolsillos el euro lava- conciencias, hasta que logró acostumbrar sus ojos y oídos a las voces y consiguió aclarar la garganta para pronunciar un tímido “ no”.
Envalentonada por sus ganas de saborear el reencuentro con la ciudad, se recolocó las lentillas y enseguida se quedó ensimismada y agradecida con los extravagantes mimos, que inmóviles y silenciosos atraparon su curiosidad y le proporcionaron una tregua a sus miserables pensamientos.
Tras las alas de un ángel dorado sudoroso de purpurina , que a golpe de moneda alzaba el vuelo, divisó un cartel que le llamó poderosamente la atención y en el que se podía leer, garabateado con cierto estilo: PIDO PARA DAR DE COMER A MIS PERROS.
Se sintió atraída como un imán y rápidamente se acercó para ver de que se trataba .Vió sobre una manta raída, pero aún coloreada en franjas azules y malvas, dos perros de indiscutible pedigrí callejero que parecían muy bien cuidados y que reposaban tranquilos con las cabezas erguidas al unísono, como si rodaran un anuncio publicitario.
A su lado de pie estaba un hombre joven, que sujetaba sonriente y con fuerza el mencionado cartel, mientras observaba a los animales tiernamente y jugueteaba con ellos con cómplices miradas, que ellos le devolvían a golpe de rabo en un divertido diálogo de afectos.
Cuando impresionada por la escena iba a darle unas monedas, notó como una mano se le adelantaba y le entregaba un billete. Tras dar cortésmente las gracias, con un acento que no supo clasificar, el hombre del cartel salió corriendo despavorido dejándose a los animales solos.
El pensamiento de ella paso del blanco al negro y comenzó a llenarse de resentimientos, mientras imaginaba, como siempre se imaginan a los pedigüeños, que iría corriendo a comprarse un cartón de vino “DonSimón”,el santo de los pobres pecadores.
Henchida de prejuicios, aún aventuró más y apostó que el muy canalla abandonaría a los fieles animales que, confiados y a pesar de no estar atados, no se habían movido ni un centímetro.
Con morbosa curiosidad y realmente preocupada por el destino de los perros, se quedó esperando el desenlace y pensando como resolver la situación, mientras acuclillada en la manta acariciaba a los perros, que desprendían una contagiosa serenidad y se dejaban mimar alegremente sin ningún recelo.
Al poco rato divisó al hombre y se levantó de la manta como un resorte, alejándose un poco. Venía sudoroso pero silbando contento y no sólo traía comida para sus animales si no también mimos y caricias para ellos.
El recibimiento de los fieles perros no tuvo precio y más allá del hambre, primero se deshicieron en lametones de agradecimiento y se enredaron entre sus piernas achuchándolo para que se sentara con ellos y compartiera el festín.
Sonrojada de vergüenza y a pesar de las lágrimas en sus ojos, el cielo de Madrid lo vió más bonito.































