
Poema bonsái.
Pronuncias mi nombre,
me llamas,
mi nombre en llamas.
Ola:
Luna susurrada por la boca del mar, boca de monstruo, cueva de amar.
Te quiero 10 veces
más que vidas tiene un gato.
Amanecer:
luz mecida
marea de mañana

Por Rufino Pérez
Per Mercè Mestre

Por Esopo Sitor
"Qué razón tiene, me digo cuando leo un fragmento
de un autor cuya opinión concuerda con la mía.
En caso contrario, declaro que se equivoca".
(Jonathan Swift)
Ahora que todos estamos de crisis hasta el cuello y avizoramos a lo lejos, gracias a
nuestros sabios y prudentísimos mass media, la hidra de nueve cabezas del apocalipsis del capital, se repite un ritual tradicional en estas ocasiones tan especiales. Rito a través del cual se invoca una solución confortante y salvífica que nos arrancará de las garras de la injusticia y la pobreza y traerá de nuevo la confianza y la seguridad que son el maná de nuestras sociedades. Este rito, sano y necesario, al que dedican sesudas columnas y sutiles comentarios tantos periodistas y tertulianos, no es otro que la entrañable y tradicional caza del funcionario, perfecto saco de boxeo para desahogarse de la crisis.
Según algunos de estos superdotados plumíferos - por lo de escribir con ella, la pluma, dicen - lo que hay que hacer para acabar con la crisis es congelar el sueldo y acabar con las plazas vitalicias de esos privilegiados gorrones, de esa rémora arcaica y estamental, de esos parásitos consentidos y arrogantes, los funcionarios. Según una señora periodista de largo apellido que escribe en un importante periódico de la capital imperial, es insultante que a estas ladillas de la sociedad capitalista se les haya subido el sueldo por encima del IPC mientras los demás trabajadores sufren las funestas consecuencias de la crisis. Cierto, igual que cuando había oro se lo quedaban unos pocos, ahora que cae mierda la repartiremos entre todos. Afirma además esta señora que es indignante que en una sociedad competitiva perviva aún un sistema retrógrada de oposición que perpetua en el cargo a incompetentes, haraganes, holgazanes y vagos, vamos, a esos piojos insufribles y molestos que son los funcionarios. Y así, mete en el mismo saco a policías, profesores, bomberos, bibliotecarios, jueces, administrativos, médicos, enfermeras, bedeles, conserjes, secretarias y demás ralea de pedigüeños perezosos y perrunos a los que tal vez deberíamos mandar a picar piedra a las carreteras de Extremadura. Sí, señora. Mejor los nombramos a dedo, o por enchufe o, en solidaridad con la sagrada monarquía borbónica, hacemos esos cargos hereditarios entre los amiguetes del partido. Porque lo que es ahora, todos, absolutamente todos los funcionarios, sin excepción alguna, son unas ratas haraganas que no merecen ni el aire que respiran, ¿verdad?. A ver si por haber aprobado una vez un examen después de dejarse las cejas y la paciencia estudiando les tenemos que regalar algo, total, mi niño los aprueba en la ESO cada día, y sin estudiar. Y eso sí, los profesores, los peores, que encima tienen más vacaciones.
Uno, que aprobó una vez un examen y tal vez debería arder eternamente en el infierno por ello, piensa que si de repartir mierda y miseria para todos se trata hay medidas muchos más efectivas. La cuestión es que, en lugar de atacar a los verdaderos culpables de la pobreza, en lugar de criticar a cuantos se han forrado hastas las cejas a costa de la futura miseria de muchos, nos saquemos los ojos unos currantes a otros. En lugar de exigir que se bajen sueldos y primas los altos cargos y los altos ejecutivos, lanzamos mierda sobre el currante público. Funcionario vagos los hay, y muchos, y sobran cargos vitalicios, sin duda, pero meterlos a todos en un mismo saco,... Esos periodistas iluminados de sabiduría celestial deben saber algo que yo no sé. Si tienen tan claro que los culpables de la crisis no son los ejecutivos de las grandes financieras ni los políticos que han tolerado y fomentado sus desmanes sino que los únicos y absolutos culpables son los funcionarios, por algo será, que cuando el río suena....
Así pues, siguiendo el ejemplo de tan preclaros cráneos de la prensa y radio españolas, propongo que además de esterilizar a los funcionarios para que esa raza de parásitos gorrones no se perpetúe, llevemos a cabo otras medidas destinadas a acabar con las crisis. Si éstas no funcionan, podemos repescar y ampliar la propuesta del sabio Swift y comernos a todo el personal no rentable ni competitivo, o sea, hijos de pobres, estudiantes, parados, jubilados, pensionistas, funcionarios y enfermos. A las ricas galletitas Inserso. Pero vamos a las propuestas.
En todo caso, agradezco a 7V el haberme cedido un rincón para esta perorata y dejo abiertos los comentarios para otras propuestas anticrisis realmente efectivas. Eso sí, siempre que entren en un edificio público, hagan caso a los cráneos pensantes de nuestros medios y griten bien alto, a ritmo de proclama sindicalista: "¡Funcionario, malo: sueldo congelado!".
© de la imagen: http://www.buscarempleo.es/files/2008/07/56046.jpeg
Por Rufino Pérez

par Camille Gobart
Pulgarcito tiene muchas maneras de decir las cosas. No siempre marca el camino para saber volver a casa, a veces deja migas de pan sin relación aparente y eres tú el que descubres, como por arte de magia, una constelación nueva en el firmamento, una isla de San Borondón.
Hace unos meses aparqué el coche en la calle Petrarca. Iba a pasarse una temporada sin que lo moviera, así que busqué alguna referencia para acordarme del lugar. Cerré la puerta, alcé los ojos y leí el rótulo que anunciaba el nombre del bar más cercano: El Fracaso, imposible de olvidar, me dije, como salido de una canción de Sabina.
La segunda miga de pan, o la segunda estrella de la constelación, la encontré en la cabecera del Mundo. Era un sábado de Navidades, El País se había agotado en el quiosco de la Vía Laietana y yo quería leer el Babelia, así que me fui muy digno en busca de otro puesto. Iluso de mí, me topé con tres o cuatro quioscos entre el mercado de Santa Caterina y el del Borne, pero todos estaban cerrados. Acabé volviendo con las orejas gachas hasta el de la Via Laietana donde el quiosquero me recibió con una sonrisa. A esas alturas no quedaba ni la Vanguardia, así que me tuve que conformar con el Mundo. Y allí estaba, por encima del titular tendencioso de turno, una cita de E. Hubard: “Un fracasado es un hombre que ha cometido un error y no es capaz de convertirlo en experiencia”
A Pablo García Casado lo había conocido en Córdoba, entre las tapas y la poesía que acompañaron la presentación del número 2 de la revista Perfil del aire. Aunque conocer es un verbo muy amplio y difuso. Pablo estaba sentado tras una mesa y hablaba de la revista, yo tomaba una cerveza y escuchaba entre el resto de la gente. Apenas unos meses antes mi amigo José me había pasado “El Mapa de América”, y me chocó que la amarga exactitud de su pluma se hiciera carne en un individuo tan sencillo que parecía estar más preocupado por los pañales de su hijo que por el perfume de las musas. Más tarde, en Barcelona, asistí a un recital suyo, y al acabar la poesía le estreché la mano sintiéndola tan humana cómo la recordaba. Una semana más tarde entré a Documenta. Buscaba un libro para regalarle a Rubens por su cumpleaños. Hacía poco me había hablado de su último descubrimiento, nada menos que Kapucinsky, así que no dudé en comprarle los Viajes con Herodoto. Pero claro, entrar a una librería y salir ileso es tarea imposible, así que me entretuve entre las estanterías y encontré Dinero, el último libro de Pablo García Casado cuyo poema BAR podría grafitearse sobre las paredes del Fracaso.
BAR
Llegan con los hombros curtidos. Empiezan temprano,l
a mano fuerte que aprieta, la palmada en la espalda.
Como estás campeón, ponme una copa. Todos tienen una
historia que contar, todos tocaron la gloria con la pun-
ta de los dedos. Pero luego los hijos, la mala suerte y
esa gente que no tiene palabra. Aquí se detienen a tomar
fuerzas para subir a casa. Los más jóvenes aún confían
en las oportunidades, el resto sobre
lleva como puede losminutos de la basura.
Pablo García Casado. Dinero. Barcelona: DVD ediciones, 2007
En otra ocasión el librero de Documenta bromeó conmigo sobre el error que a su juicio se comete cuando se visitan los lugares que hemos conocido con los ojos de la imaginación. Hay colores para todos los gustos. Visitar los lugares sobre los que hemos oído hablar o sobre los que hemos leído tiene sus riesgos. La poesía de lo evocado no siempre se despierta en el lugar y en el momento deseados, pero es un placer como tantos otros que incluso desapareciendo en el instante de alcanzarlo, nos llama con una fuerza a la que no sabemos negarnos. No ir, quedarnos en casa después de acabar un libro sin abrir las puertas, sería como no amar por miedo a que nos duela.
Por mi parte cualquier día me paso por el Fracaso y brindo por los errores que he convertido en experiencia.
Por Rufino Pérez


Por Rufino Pérez



