
Por Ester Astudillo
Para Cristina, ella sabe bien por qué
No siendo una experta cinéfila, para hablar de cine y llenar este hueco quincenal que da en tocarle a una menda y que coincide con la semana temática cinéfila voy a hacer un magno esfuerzo imaginativo y a hablar de 2 pelis, o mejor, de una escena y de una peli.
La escena creo de verdad que será fácilmente recuperable del repositorio de imágenes cinematográficas del colectivo bloggero, cuanto más febril y entrado en años el blogger (la peli data de 1981), mucho más fácil: se trata de la breve, contundente, icónica, mitológica escena protagonizada por Jessica Lange y Jack Nicholson sobre una mesa de cocina (de esas grandes y americanas) realizando el acto en un contexto muy culinario y apriorísticamente poco apropiado. Sí, obvio, me refiero a la escena ardiente, combustiva, tórrida de sexo entre los susodichos en El cartero siempre llama dos veces. Una mujer hambrienta, entregada, voluptuosa, y receptiva y un hombre… bueno, el hombre como prototipo diría que pasa más desapercibido, y no es que le tenga tirria al Nicholson.
Aquella escena marcó un antes y un después iconoclasta en la mitología del sexo, y no sólo cinematográficamente, sino sobre todo en la vida cotidiana; se convirtió en un icono eroticocultural. Todo aquel que se precie lo más mínimo de tener una vida sexual plena y satisfactoria desde entonces tiene que poder alardear de haberlo hecho fuera de la cama, cuanto más inverosímil el sitio mucho mejor, y si es encima de la mesa de la cocina –aquí en estas latitudes, con las miniminicocinas que vienen por defecto en el pack de las nuevas viviendas, lo tenemos ciertamente difícil, aun siendo, quienes tengan el don de serlo, contorsionistas-, pues eso, si es en la cocina, que mucho mejor. ¡Si ayer mismo fui testigo de una publicidad en una marquesina de esas gigantescas que pueblan por doquier las urbes contemporáneas sobre muebles de cocina y era un guiño claro y meridiano a esa escena: la mujer conminando al macho a hacérselo en la cocina, estirándole de la corbata, para ungir la reciente composición doméstica con un buen polvo!
Hace dos décadas y media que tuve el placer de visionar la peli (poco después de estrenarse, que ya tengo una edad provecta), y personalmente debo reconocer que fue una revelación. Recuerdo, tras haberla visto un par o tres de veces, que llegué a fantasear con la idea de que incluso comprendía el enigmático título (cf. Greenaway y El vientre del arquitecto, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Night Watching, etc.), gravitando, claro, alrededor de la escena en cuestión, aunque los años que separan aquel momento del presente me temo que han eclipsado las perogrulladas y/o inverosímiles sandeces que cruzaron mi mente en aquella efervescente y nada provecta edad mía entonces.
Siempre resulta estimulante, al menos lo resultaba en aquella primera mitad de los ’80 españoles, primera legislatura socialista, descubrir a mujeres capaces de aquella heroicidad (y no, no, no eran putas, a mí no me hacían comulgar con ruedas de molino, ¡eran claramente heroínas!), especialmente siendo yo mujer de finales de los ’60 y española, ¡pobrecitas de nosotras!, todo lo que nos perdimos, en pleno franquismo y tal, nuestras madres con pañuelo cubriéndoles la cabeza o poco les faltaba, asistiendo entregadas a la inauguración de pantanos, postradas en la cama pero con la tele encendida para atender a la santa misa, y cuya mayor preocupación cuando hacía aparición el climaterio en sus retoños femeninos era prohibirnos que usáramos Tampax, ¡sucio sucio pecadote!
Total, que una que ya tendía a la anticordura en aquel entonces a pesar de ser tierna y joven, pues como que se sorprendió poco más que menos de ver a aquellos dos tan entregados a la materia (y que se quiten las Nueve semanas y media de la Bassinger años después y secuelas varias e inevitablemente mediocres, aunque Los bafulosos Baker Boys tiene también sus buenas y sugerentes escenas, contando con la Pfeiffer y el clan Bridges –rectifico, Jeff Bridges-): retomo, la harina irónica/icónicamente inmaculada esparcida sobre la mesa a modo de colchón, el pan a medio cocer en el horno, recordándonos que el sexo es como el alimento, y la Lange desempolvando con ansia la somera superficie para hacerse un cómodo hueco y yacer y recuperar un placer sexual olvidado y volver a sentirse viva, con esos gemidos, ¡dios qué gemidos!, ¡si eran de película! –bueno, claro, eran obviamente de película; y aun así…
Me asiste a la memoria también el brillo afilado en su mano, el cuchillo como utensilio doméstico, el cuchillo como arma arrojadiza, como hendidura, la ambivalencia de todo lo capital en la vida (Eros y Thanatos). La amenaza latente de su violencia mortífera, y la extrema delicadeza del gesto de apartarlo, manso, dejarlo reposar para momentos más propicios, porque lo que se imponía cuerdamente en aquel trance era el amor, el placer, la vida.
Y en este punto voy a dar un giro al texto y a referirme a la segunda peli anunciada que, cogida por los pelos, como casi todo, incluso resulta coherente con lo dicho hasta ahora: se trata de El ansia (va por ti, Cristina), una historia de vampiros bastante atípica, en que el amor y la inmortalidad van de la mano, ambos -¿cómo podría ser de otra manera?- sometidos a los vaivenes de la (in)satisfacción proporcionada por Eros, de los cansancios y aburrimientos de parejas archisabidas, de los descubrimientos lésbicos, del amor y el odio que sin quererlo ni/o saberlo son contiguos, de Thanatos rondando con la hoz inadvertidamente apostando a ver a quién podrá raptar primero …
El ansia/The Hunger, protagonizada por Deneuve, una jovencísima y andrógina Sarandon (data de 1983, aunque reconozco que ésa no la vi hasta mucho más tarde, reclinada en un lecho hospitalario un 16 de julio de 2000) y Bowie, el icono pop por antonomasia desde antes de que yo supiera qué significaba pop, ese gato salvaje con ojos cromáticamente asimétricos, ese pobre condenado al aburrimiento eterno sobre la capa de la tierra en busca de un acompañamiento satisfactorio e inalcanzable, obviamente imposible, arrastrando su penitencia a través de los siglos sin que nadie advierta su comezón, y traicionado sexualmente en el último momento por su pareja primigenia pero, claro, después de varias centurias, inevitablemente aburrida ergo infiel; en definitiva, un pobre vampiro que acaba tan arrugadito y disuelto y rematadamente pulverizado como Dorian Gray ante su retrato, tras una muy larga vida, en poco más de lo que cuesta decir ¡Basta! En fin, que uno/a no puede obviar preguntarse cuál es peor condena, si morir o si vivir, y también si por amor vale la pena vivir y/o morir (o ninguna de las dos cosas).
Y para justificar, por si hubiere menester, por qué narices siempre acabo hablando [sic] (escribiendo) de lo mismo (id est sexo), incluyo respuesta en el presente. La más obvia, por supuesto, e incluso quizás por algún designio inescrutable de Mefistófeles, acertada, es que estoy claramente obsesionada con ello. Pero como por principio ético, estético y epistemológico hay que desconfiar siempre de las respuestas fáciles, y yo en eso soy puntillosamente metódica y cumplidora a rajatabla, cada semana le formulo ese mismo interrogante desde el diván al desgraciado -¡pobre, pobrecito, que no se cansa de estar en el tajo!- que cobra por oír de mí la misma cantinela aprox. 200 minutos mensuales.
Lamentablemente, ese tipo de mercenarios a sueldo no son precisamente un oráculo, y el único eco de mis tribulaciones que me retorna mi exquisito e hipocrático Delfos es el silencio, sazonado con algún que otro sofocado bostezo que ya he aprendido a no tomarme como algo personal. No es que yo y/o mis fatigas seamos aburridas, me digo para consolarme, es que la vida es aburrida, invento para exculparle. Incluso me conmisero de él: debe resultar tan rematadamente fútil ver secuencialmente vestido el diván con tanto majadero obcecado en hacerse siempre las mismas preguntas y tardo en componerse la única respuesta plausible: ¡Y yo qué sé! ¡Me importa un carajo! ¿Aún crees que puedo ayudarte? ¡Tú dale, dale, no te canses de darle, y con un poquitín de suerte, la respuesta se impondrá por sí sola –si me apuras, con más suerte aún, ¡incluso antes de que la diñes, y eso será ya el despiporre!
En definitiva, a lo que iba, que este tipo de interpelaciones picaronas y existenciales mejor no formularlas desde el diván –o equivalente-; cualquier otro contexto y/o destinatario será infinitamente más empático y certero: id est una margarita aún con pétalos, la lluvia reposada y mansa que reverdece en primavera troncos casi extintos, las ocasionales líneas oscuras que el asfalto dibuja en el suelo, tentación ineludible a jugarte la respuesta con crédulo e infantil animismo mágico al estilo más puramente piagetiano (si me salgo es que sí), la rayuela, los dados, el romántico y delicuescente SOS message in a bottle que cantaban The Police hace unas décadas, cuando Sting aún no era Sting, el juego de piedra-papel-o-tijeras, etc. Hay infinitos métodos de hallar respuesta, ninguno infalible, por supuesto. Yo, de momento, aunque me temo que a todas luces falible, he encontrado el mío.
Bueno, y eso, claro, que casi me olvido, que la escena de la Lange y el Nicholson montándoselo sobre la mesa de la cocina la salvo de la hoguera sin ningún tipo de dudas, no siendo, eso sí, ni cinéfila ni experta (¡¡¡ah, pero sí mujer!!!). Chapó, señores. ¡Quién, quién pudiera! Y también, meritoriamente, tributo al César por lo que es del César: gracias, Bob Rafelson, señor director; nos libró a mí y a unas cuantas anticuerdas erráticas más entre las que no teníamos decidido si iba a ser babor o estribor de una languidecida (y ya anticipadamente hecha crónica) muerte anunciada.