Por Rufino PérezUn pueblo que miras con sonrisa mientras subes sus cuestas hasta la plaza de la iglesia-catedral, en cuyo extremo, unas puertas de antaño dan paso a un patio de antaño y unas escuelas de siempre. En la parte alta, las aulas del instituto y más alto todavía un internado –masculino-. Mi primer destino después de las opos, comenzadas unos años antes y que me llevaron fuera del territorio MEC –la luna y el pozo de Miguel Hernández, Galdós y el costumbrismo de Mesonero Romanos me abrieron las puertas ese año-. Volar, salir con un sueldo en el bolsillo y una novia los fines de semana atravesando la niebla y la nieve del Torre Miró.
Él había venido conmigo el primer día con el orgullo pintado en el rostro y yo tenía el mío bien guardado, pero alto. Yo no tenía coche, pero sería lo primero que compraríamos-así decíamos en las conversaciones familiares- cuando hiciésemos algo de dinero.
La segunda semana regresé con un compañero, en su coche. Y el amanecer me trajo la cara compungida de la patrona de la casa de alquiler que nos habíamos buscado para ese año. Y la noticia: tu padre ha tenido un accidente. En dos minutos, el coche dio la vuelta y deshizo el camino. Ambos, mi amigo y yo sabíamos que íbamos a encontrarnos con un cadáver.
Se me fue cuando ni la más leve sombra había anunciado su partida, aunque las sombras de la noche fueron quienes le envolvieron aferrado a su volante de trabajo.
Esa década de los ochenta tiene para mí un antes y un después. Justo por la mitad. Justo por el filo por donde la moneda no puede romperse.
Y unida queda hoy, en una sensación de variados recuerdos: noches de trabajo neófito preparando clases, gentes acogedoras, alumnos de pueblo de mantas y flaons que luego cambiaría por la plana de naranjos betxinenses. Matrimonio, vida nueva, ilusión, más amigos, la playa, una casita con vecinos que todavía sacaban por la noche las sillas para charlar a la fresca…
De Castelló a Almazora chis pum, tralara.. que yo cambié por de Castelló a Zaragoza en vacaciones..
Y en el anverso de la moneda, esos años anteriores al 5, Zaragoza la nuit, post soflama del tejerazo, relectura de los clásicos –para preparar las opos-, roscón de Reyes en el Plata, trabajo en Academia –Escuela de Marketing dirigida por descendientes de Monseñor (E. de Balaguer)- exculpado de participar en actos y cursos de adiestramiento por mi condición de “especialista”, sabedores y respetuosos con mi no confesionalidad, aunque siempre “dispuestos a”; lecturas alborotadas de lo que caía –confieso que poco-, deporte y poca tele también –aunque bebí de todo, incluido el 1, 2, 3-.
En fin, que aquí estoy con ganas de seguir aprendiendo un par de décadas después de aquella lluvia sólo a ratos amarilla.


















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